Mensaje de bienvenida

En esta sección se ofrecen algunos cuentos de mi autoría. También encontrarás poemas, ensayos y opiniones varias. No pretendo "saber" escribir, más allá de lo aprendido en la escolaridad primaria y secundaria. Tampoco, advierto, tener "un mensaje" que trasmitir, pues creo que ya está escrito todo lo importante que deba decirse y que ello parece exigir una preparación o erudición de la que carezco. Me cae bien aquello que escribió Anthony de Mello en el "Canto del pájaro" y que dice algo así como que el pájaro canta porque es su naturaleza cantar, y no porque tenga un mensaje que trasmitir.

En mi caso, libre de decir que no asistí a clase alguna de escritura, lo hago, sin embargo, impelido por la tenaz presión de locos dáimones internos, que moran desordenadamente en los mundos infiernos de mi inconsciencia, contra los que pese a mis honestos esfuerzos nada consigo para evitarlo o poner algún orden. ¡Quién puede hacerlo!

Tal vez haya algo que pueda entretener al lector, tal vez sirva a algunos para ensayar la crítica, tal vez a algunos le resulte agradable alguna producción. Ninguna de esas opciones constituyen una meta por mi parte.

Serán valorados y muy respetados los comentarios que se envíen, cuando sean decorosos. Reciban mis deseos de paz y de todo lo mejor.

EAM.

viernes, 9 de agosto de 2013

UNA SALSA CARIBEÑA







Una playa solitaria.
Se retira el sol pintando
sobre el fondo celeste del cielo
rosadas fantasías.

Tibias aún las suaves sábanas de arena
al beso de nocturnas brisas
esperan ser más frescas.

Y grande y manso y silencioso
como un cielo invertido
de un oscuro y marrón mercurio
-de tanta magia y quietud en el ocaso-
se hace cómplice el río.

Rompe tanta calma queda
-desde algún lugar perdido-
excitante, una salsa caribeña
y allí, en el límite del mundo
entre cielo, agua y tierra
como dos fantasmas negros
que al calor escaparon de la selva,

al ritmo del tambor enloquecido
trepidando en las caderas
-ritmo sensual, sudor y músculos-
se entrelaza en lujurioso baile
en la tarde sofocante una pareja...

Eduardo A. Morguenstern

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