Por la costa desierta de la playa caminaba
y la noche silenciosa malgastaba sin apuros
sus insomnes, taciturnas y aún calientes horas...

y una luna distraída, indiferente y desvelada
a regañadientes aportaba al claroscuro
una luz macilenta, mortecina, aterradora.

Y allí enterré de pronto y para siempre las palabras
con las que una vez pensé confesarte en un murmullo
con qué profunda y sagrada devoción a cada hora,

apasionadamente, irreparablemente, yo te amaba.
Mas hoy no quiero recordar en qué rincón oscuro
de la arena del alma he sepultado aquella historia.

EDUARDO MORGUENSTERN