(Imágenes de la fantasía, que se reconocen como irreales, pero se generan de percepciones normales, como cuando se imaginan formas en las nubes o en las manchas. El autor)
Te imaginé ¡ay! bajando a mí
oculta en las azules flores
de lapachos septembrinos
en helicoidales danzas.
Alguna vez te insinuabas
con perfil evanescente
en la ígnea lengua vacilante
del candil de mi íntimo rincón.
Y creía con asombro, ver el brillo
de tus ojos de topacio
generando en cada gota
del rocío de la aurora su fulgor.
Te he intuido, enamorado,
en las delicadas fragancias
que el aire trae del valle
en las veraniegas tardes
y te adivinaba, solazado,
en el trino de las aves
que bendicen mis balcones
en las límpidas mañanas.
Habría jurado, a veces,
que en las volutas grises
de los humos de mi pipa
en volátiles danzas te elevabas...
...o que en las irreales cadencias
del Rêverie de Debussy
con voz de náyade nocturna
me nombrabas...
Y supe que como un efecto de opio,
el amor, con la distancia,
con ilusiones del alma
nos consuela y nos embriaga...
Eduardo Morguenstern
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