Como una visión de Afrodita envuelta en fúlgida aura
salías de las espumas del mar en las tibias playas.
El cielo de Santorini en el atardecer pintaba
de magenta el horizonte, de carmesí las montañas,
el sol gigante se hundía adormecido en las aguas...
Yo recogía las redes, llena de peces mi barca.
Cuando te ví, del Olimpo –pensé- te escapabas.
Morena, desnuda, gloriosa, tu silueta contoneabas
con la cadencia de cítara que preludiaran la danza.
¡ Con qué sencilla hermosura de las Diosas caminabas!
Me viste mirándote. Sonreíste. Yo sentí que adivinabas
cuanto mi alma sentía mientras te contemplaba...
Te alejaste silenciosa. El sol ya tampoco estaba.
Ya era noche y en secreto mis manos acariciaban
cada una de tus huellas en la arena solitaria.
EDUARDO MORGUENSTERN
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