de mi existencia vuelvo
a agradecer la valía
de haber nutrido mi hombría
de bien con tantos ejemplos.
Atesoré tus consejos
llenos de sabiduría,
no sé si cerca o si lejos
llegué a andar, no me quejo,
mas de brújula servían
cuando en los aciagos días
encontrábame perdido.
Ahí tu voz, padre querido
era el fanal y la guía
señalando la salida.
Las virtudes y valores
que sembraste con paciencia
hoy son árboles y flores
y por ello rindo honores
a tu sencilla docencia.
Gracias, mi padre y amigo,
gracias, querido maestro,
que tu ejemplo sigue vivo
y aquel fuego encendido
no lo apagó ningún viento.
Eduardo Morguenstern
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