Mensaje de bienvenida

En esta sección se ofrecen algunos cuentos de mi autoría. También encontrarás poemas, ensayos y opiniones varias. No pretendo "saber" escribir, más allá de lo aprendido en la escolaridad primaria y secundaria. Tampoco, advierto, tener "un mensaje" que trasmitir, pues creo que ya está escrito todo lo importante que deba decirse y que ello parece exigir una preparación o erudición de la que carezco. Me cae bien aquello que escribió Anthony de Mello en el "Canto del pájaro" y que dice algo así como que el pájaro canta porque es su naturaleza cantar, y no porque tenga un mensaje que trasmitir.

En mi caso, libre de decir que no asistí a clase alguna de escritura, lo hago, sin embargo, impelido por la tenaz presión de locos dáimones internos, que moran desordenadamente en los mundos infiernos de mi inconsciencia, contra los que pese a mis honestos esfuerzos nada consigo para evitarlo o poner algún orden. ¡Quién puede hacerlo!

Tal vez haya algo que pueda entretener al lector, tal vez sirva a algunos para ensayar la crítica, tal vez a algunos le resulte agradable alguna producción. Ninguna de esas opciones constituyen una meta por mi parte.

Serán valorados y muy respetados los comentarios que se envíen, cuando sean decorosos. Reciban mis deseos de paz y de todo lo mejor.

EAM.

jueves, 16 de febrero de 2012

LA VIOLONCHELISTA



Me ha vuelto loco. Al conocerla, impregnó mi mente con su imagen y pronto fue una obsesión. Nos presentó el Director de Orquesta cuando descansábamos del ensayo en el patio del Conservatorio, bajo el duraznero. -“La nueva violonchelista”- me dijo.

Trajecito violeta pálido, camisa blanca. Fina cinturita destacada por la corta chaqueta. Bajita, piernas perfectas, pelo sedoso azabache sujeto atrás con un palito de ébano. ¡Ah, su rostro de ángel caído! El sesgo de sus grandes ojos, de corte oriental, en conjunto se parecía a una versión nipona de la Divina Lakshmi.
Con un mirar poco inocente, osado, penetró como un puñal hasta los más recónditos rincones de mi alma. Sé que adivinó el efecto que provocó en mí. Sus ojos de miel prácticamente reían mientras devoraban mi alma... Su perfecta nariz pequeña le agregaba una gracia muy especial y su boca... ¡Ah, su divina boca! Sus carnosos y sensuales labios, tan tentadores, literalmente prohibieron desde el inicio a mis ojos desviarse de aquella maravilla estética. Así era de bella y atractiva.


Ella poseía al chelo, pero también era absolutamente poseída por él. Lo aprisionaba entre sus monumentales piernas de veinticuatro años con total majestad y dominio. Entrelazados en un solo ser, el instrumento, con la seguridad viril de un avezado bailarín de tango, le hundía sus combados flancos en las misteriosas sombras de la entrepierna, que yo presentía tan tibia como deseable, mientras que los sabios y femeninos dedos de ella o se clavaban en el robusto mástil de él, o se deslizaban felinamente por la extensión con un erotismo indescriptible. Ella, embriagada en un placer ritual, entornaba los ojos, entreabriendo la boca y exhalaba su húmedo aliento sobre él, al tiempo que el chelo le ronroneaba con voz su ronca y perversa, diabólicamente magnética, en esos "solos" de ensueño que ella, solo ella era capaz de lograr.

Fui su absoluto, su secreto esclavo de día o de noche, desde el primer instante.

De día era su amigo. Me concedía predilección. Mis cuarenta me daban una apariencia confiable o reservada. Me contaba sus cosas, parecía tan cándida, tan tierna como sus veinticuatro podían serlo. Teníamos una, diría, dulce, ingenua intimidad. En los descansos, sentados bajo el viejo duraznero, mi amor por ella era arrollador, apasionado y loco, pues no encajaba esa imagen suya con lo que ella encarnaba en mis alocadas y permanentes pesadillas nocturnas...

Pues en las noches sueño siempre con ella... Allí despliega su inmensa maldad con satánico sadismo. Allí me horroriza y tortura hasta el delirio. Con pecaminosas caricias y prohibidos besos alimenta en mí la lujuria y avidez más intensas, para luego reírse locamente, con brujescas carcajadas, arrojándome al rostro todo su desprecio. 

Y despierto frenético, empapado, humillado, derrotado... sólo para enfrentar la renovada, la gloriosa penuria de volver a verla en la mañana, en su versión aparentemente inofensiva de una muchacha más, simplemente hermosa, que nos hipnotiza con las voces que logra extraer de su violonchelo... 

Ella se apoderó de mí. Vive en mí. De día y de noche

Eduardo Morguenstern 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario