Mensaje de bienvenida

En esta sección se ofrecen algunos cuentos de mi autoría. También encontrarás poemas, ensayos y opiniones varias. No pretendo "saber" escribir, más allá de lo aprendido en la escolaridad primaria y secundaria. Tampoco, advierto, tener "un mensaje" que trasmitir, pues creo que ya está escrito todo lo importante que deba decirse y que ello parece exigir una preparación o erudición de la que carezco. Me cae bien aquello que escribió Anthony de Mello en el "Canto del pájaro" y que dice algo así como que el pájaro canta porque es su naturaleza cantar, y no porque tenga un mensaje que trasmitir.

En mi caso, libre de decir que no asistí a clase alguna de escritura, lo hago, sin embargo, impelido por la tenaz presión de locos dáimones internos, que moran desordenadamente en los mundos infiernos de mi inconsciencia, contra los que pese a mis honestos esfuerzos nada consigo para evitarlo o poner algún orden. ¡Quién puede hacerlo!

Tal vez haya algo que pueda entretener al lector, tal vez sirva a algunos para ensayar la crítica, tal vez a algunos le resulte agradable alguna producción. Ninguna de esas opciones constituyen una meta por mi parte.

Serán valorados y muy respetados los comentarios que se envíen, cuando sean decorosos. Reciban mis deseos de paz y de todo lo mejor.

EAM.

lunes, 13 de febrero de 2012

ESA MÚSICA...

ESA MÚSICA...

Estaba en su pequeña oficina completando registros de historias clínicas de los pacientes ingresados esa mañana.

Eran las tres de la tarde cuando sonó el teléfono y se oyó la voz de la secretaria avisando que había un paciente en la sala de espera.


Carlos Pereyra era un joven psiquiatra que se interesaba  era el estudio de las alteraciones de las percepciones. Sobre ese tema trabajaba en su tesis de doctorado en Psiquiatría.


En la sala de espera estaba Ovidio. Flaco, alto, encanecido, desgarbado, de mal aspecto, ojeroso. Lo acompañaba una mujer mucho más joven, especialmente atractiva, con los claros signos de una depresión. Se pusieron ambos de pié para la presentación. Ella era Silvina, la esposa, Profesora de Historia. Ovidio era Ingeniero Electrónico y era empleado público.

Carlos los guió hasta el consultorio y ya acomodados, escuchó el motivo de la consulta. Ovidio empezó a relatar que se sentía amenazado de muerte hacía un año, que se había vuelto fóbico. Con una voz hueca y monótona  desarrolló una historia que desde el inicio impresionó a Carlos como un delirio fantástico, que los antiguos libros definían como Parafrenia Imaginativa.

“Todo empezó cuando en mi  taller  experimentaba con los campos acústicos, hobby que me apasionaba. Examinaba la interfase de choque de dos o más flujos sonoros, de modo que en campos espaciales geométricamente diseñados colocaba fuentes emisoras de sonido, por ejemplo en una disposición triangular, en un punto los agudos al límite de lo audible, en otro punto los graves más bajos de la escala perceptible y en corte tangencial o de angulación variable el tercer punto, con sonidos de diferentes longitudes de onda. En el centro del triángulo acústico ubicaba un receptor que captaba las señales de la interfase y la ecuación resultante la decodificaba en un espectrómetro de pantalla” decía al interesado psiquiatra, que observaba de reojo las preciosas piernas de Silvina, quien ponía cara de hastío demostrando que esa historia la escuchaba por enésima vez y movía la cabeza como diciendo “¡qué pesado!”  y con un gesto de fastidio en el rostro. 

”... el momento más excitante de mi vida...” seguía Ovidio su relato, “...comenzó hace un año, cuando descubrí en mi pantalla ondas asimilables al sonido y timbre de la voz humana. Al principio pensé que se trataba de contaminación acústica con ondas de radio o telefonía celular, aunque pronto pude descartar  esa hipótesis por razones técnicas suficientes.” 

El paciente empezó a explicar que mediante un transductor pudo pasar del registro visual de las ondas a la audición radial (apenas perceptible) de voces lejanas, sin poder determinar su origen.  No correspondían a ninguna frecuencia utilizable ni posible para ninguna radio del mundo. ¿Fantasmas? ¿Demonios? ¿Extraterrestres? Las voces se dirigían claramente a él. “Me decían claramente que no se le permitía a ningún mortal traspasar esa frecuencia sonora, que estaba absolutamente prohibido espiar en universos paralelos, que ya en el Génesis Dios separó la luz de las tinieblas imponiendo Los Límites Que no Se Pasan y que cualquier trasgresión sería penada con la muerte. La Ley Universal separaba absolutamente los mundos no sólo físicamente, sino también sensorialmente. Me decían que suspenda mis estudios atrevidos”

Ovidio siguió diciendo que creía haber descubierto un Portal Dimensional. Que ello representaba un hallazgo que revolucionaría la Ciencia y que lo candidateaba para el Nobel de Física. El gesto de repugnancia de Silvina no pasó desapercibido al interesado médico que grababa el discurso. El ingeniero prosiguió expresando sus expectativas multimillonarias de patentar el descubrimiento para su explotación tecnológica.

Al principio no creyó en las amenazas, aunque eran preocupantes. Era muchísimo más preocupante descubrir que diablos pasaba y de dónde salían aquellas voces imposibles de ocurrir. Por ello siguió adelante y con mayor  ahínco con sus experimentos, grabando los mensajes, modificando la angulación de los parlantes emisores de sonido en forma matemáticamente controladas, y cosas por el estilo.

“De ahí en más el tono de las amenazas fue cada vez más severo, hasta la última vez que las escuché” decía, “ Porque en adelante las voces fueron desplazadas a un campo imperceptible, quedando como último vestigio de esa extraordinaria presencia solo música”.

Se oía sólo música clásica. No muy diversa, limitada solo a los caprichos para violín de Paganini, el diabólico, especialmente el “Concierto numero 2 para violín en B minor, op. 7”; la“Sugestión Diabólica” de Sergei Prokofiev y la “Sinfonía Fantástica” de Héctor Berlioz.” 

Con voz taciturna Ovidio refería que allí comenzó su depresión, tan profunda como
inevitable. Se volvió obsesivo. Imposibilitado de avanzar en sus proyectos. Esa música maldita, “hermosamente maldita” decía él, seguía enquistada en su mente como una espina que lo perseguía aún cuando ya había cerrado su taller, ya que era inútil que insistiera en volver a penetrar en ese agujero negro acústico. Adelgazó, perdió interés en todo. Se transformó en un ente, decía la esposa. Se fue ensimismando, al punto de rechazar alimentos, amigos, familia. Insomne, irritable, áspero, empezó con comportamientos muy extraños y fóbicos, y que abandonó el trabajo hacía seis meses, por indicación del médico dado su estado de progresivo deterioro.

Dijo la mujer que Ovidio empezó a insistir en que desarrolló la “facultad de ver” el sonido musical. Que describía las secuencias sonoras como hilos, delgados hilos rojos o cobrizos los tonos agudos, más gruesos y grises los tonos graves, que flotaban como danzando al compás de la música en el aire. 

El ingeniero pasó un rato describiendo los colores de esos etéreos o fantasmales hilos musicales que solo él percibía, saliendo de la radio o de los parlantes del equipo musical. Su rostro palideció cuando contó que le producía terror particularmente la música clásica que él denominaba diabólica. “Son como delgadas culebras espiraladas de medio metro, como cables de teléfono de color rojinegro, que se me aproximaban, se me pegan al cuerpo y tironean la ropa”. Decía que esa música extradimensional provenía indudablemente “de ellos”, que intentaban matarle.

Carlos trató de tranquilizarlo. Le sugirió que se podía estar frente a un fenómeno de sinestesia. Un sinestético tiene mezclados los sentidos y puede, por ejemplo, oír colores, ver sonidos, percibir gusto al tocar un objeto con una textura determinada.

El psiquiatra les explicó que era probable que esa facultad, rara o no, podía haberse generado por razones neurológicas a determinar, que iniciarían estudios por imágenes. Pero que por lo muy extraño de todo el proceso y la transformación tan profunda que había experimentado su carácter,  era necesaria la hospitalización psiquiátrica. 

Después de disponer lo necesario para la internación, Carlos explicó a Silvina en privado que opinaba que su esposo sufría un delirio, que creía que ya estaba predispuesto a ello y que esos experimentos desbordaron su capacidad psíquica disparando un mecanismo de imaginación fantástica. Ovidio debería someterse a estudios neurológicos, psicológicos y a tratamientos con Clozapina.

Así fue que le asignaron una cama en el primer piso de la Clínica. Una pequeña habitación muy confortable y modernamente equipada. Desde el ventanal enrejado se veía el amplio y hermoso jardín poblado de altos eucaliptos y un césped prolijo de efecto muy sedante, abundancia de cuidadas flores y una fuente donde jugaban los alegres pájaros.

Una agradable y joven enfermera le administró un hipnótico. El flaco y envejecido ingeniero al fin durmió y en muchos meses tuvo un sueño pacífico. Soñaba con las imágenes sedantes de ese hermoso jardín que contempló con sentimientos de cálida protección antes de acostarse.

El amplio pasillo que llevaba a las habitaciones tenía un piso oscuro brillante y limpio. Todo dispuesto para el máximo confort de los internados. A cada tantos metros había un parlante pequeño que aportaba una suave música clásica para crear un clima de tranquilidad, generada desde la consola central de música funcional en la Recepción.

Carlos en su office desgrababa la entrevista efectuada en la admisión del nuevo paciente. De pronto reparó que estaba en el aire, llegando en volumen agradablemente graduado para que no moleste, la “Danza Ritual del Fuego” de Manuel de Falla. ¡Excelente! Pensó. Realmente acertada la cinta que eligieron esa tarde. Se dejó llevar por la música gozando de ella...

De improviso de dio cuenta de que la sinfonía de De Falla sugería claramente escenas infernales y se acordó de las fobias psicóticas de Ovidio respecto de las músicas clásicas “malditas”.

Alterado, salió corriendo hacia la habitación del nuevo paciente, pues quería cerciorarse que si la estaba escuchando no sufriera un episodio de terror.

Subió los escalones de dos en dos. Abrió la puerta sin golpear.

Ovidio acababa de morir. Alrededor de su cuello había marcas rojinegras dando dos o tres vueltas, espiraladas, como fideos fusilli. Sus ojos estaban desencajados por la reciente asfixia. Muchas otras marcas, como de quemadura eléctrica, en forma ondulada, de igual color a las del cuello, quedaron impresas en su abdomen, sus piernas, su espalda.

Eduardo Morguenstern, 7 de noviembre de 2009

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