EL INTERMEDIARIO DEL POMBERO.
Eduardo a.
Morguenstern
1.
Presentación.
Los tres
muchachos eran amigos inseparables. Aquel año de 1963 compartían el quinto año
de la escuela primaria, y andaban gastando en promedio sus once años. Alberto y
Jorge eran de la ciudad, Pepe era “del campo”, del pueblo llamado Itatí, a 72
km de la Capital. Para mejorar su educación, sus padres, que tenían un surtido
almacén de ramos generales, lo habían enviado a la capital, a vivir con su tía
Lucía, para cursar la escuela primaria.
Será por las
historias que Pepe contaba cuando salían de aventuras, historias de campo,
supersticiones pueblerinas, leyendas de abuelas, o será por afinidad natural,
muy pronto fue incorporado por los otros dos como compañero de andanzas.
El padre de
Alberto era en esos días Prefecto Mayor, jefe de la delegación provincial de la
Prefectura Naval Argentina y el padre de Jorge era visitador médico.
Los largos
años que el padre de Alberto había pasado en las costas de los ríos, en
ciudades o pueblos ribereños, alternando con los pescadores e isleños, en las
largas tardes veraniegas de ociosos soles, entre mate y mate o en las frías y
oscuras noches de invierno, se mataba el tiempo hablando de todo, en algún
momento entre las infinitas partidas de truco, si un pescado se estaba asando y
el vino amargo o la ginebra pura calentaba el cuerpo.
Así fue
coleccionando tantas historias que trajo el río, ciertas o falsas, como es
propio de los pescadores, vaya uno a saber, como las de almas en pena de alguno
que murió en algún tiroteo nocturno con los contrabandistas. O la de aquel
indio callado, el Apolinario, a quien el médico del pueblo lo maltrató porque
había abandonado un tratamiento, espetándole “¡indio bruto, no vengas más!”
echándolo de la salita de primeros auxilios. Para malísima suerte del médico,
quien esa noche fue a tomar unas copas al boliche del pueblo y se sentó en un
desvencijado taburete frente al mostrador, asiento que era ocupado por el indio
mudo hasta hacía un ratito y que dejó para ir a orinar al patio. Reingresar al
salón y ver al médico ocupándole el asiento, sacar su cuchilla y cortarle el
cuello fue casi un solo acto. Otras historias eran acerca de maleficios
(gualicho o payé)[1]...
Estas
historias llenaron horas en los relatos del Prefecto Don Enrique frente a su
hijo y su compañero Jorge, que atentos, absorbían los relatos con una creciente
e invencible sed de aventuras y de misterio, para los muchachos, una fuente
inagotable de atractivo e interés.
El padre de
Jorge, por su parte, como viajante, había registrado lo suyo. Había recogido
mil historias, ya oídas en los pasillos de los hospitales, ya en las demoradas
sobremesas almorzando con colegas en los comedores de la ruta. Relatos de
hechos inexplicables propios del acervo folclórico, que Jorge atesoraba con
avaricia. Estaban las de maldiciones “comprobables” de las curanderas; o el
caso del famoso lobisón de Herlitzka y el relato del “chupa sangre”, vampiro
temido, sombra maldita del cementerio de Estación Bompland que tanto trabajo
había dado a los comisarios sin que nunca se explicaran los hechos, por otra
parte nunca creídos en los medios periodísticos de la capital, y tampoco muy
difundidos.
También hubo
aquel caso de los cadáveres que aparecían comidos, de tanto en tanto, en la
morgue del Hospital Juan Ramón Vidal. Eso sí que fue noticia nacional, hasta
que se esclareció que eran provocados por un loco de la capital, un ex
estudiante de Medicina y que muchas veces había charlado con el padre de Jorge
en el hospital psiquiátrico de Corrientes mientras éste esperaba a los
psiquiatras para ofrecerles actualizaciones en el uso de la Clorpromazina.
Allá en los
años sesenta no había, claro está, Internet y ni siquiera televisión, y por
otra parte, eran corrientes las historias de crimen rodeados del misterio o lo
sobrenatural, que muchos sucesos del tipo ya no eran noticia, salvo para la
chusma, las sirvientas y los proveedores del campo que ofrecían sus productos
en la ciudad.
2. Algunas andanzas.
De modo tal
que los tres muchachos juntaban un buen arsenal de historias siniestras, para
intercambiar en sus diarios encuentros.
Habían
compartido ya muchas expediciones en procura del misterio. Sólo por recordar
algunas, diré, por ejemplo, que una vez se metieron en el túnel del arroyo
Poncho Verde de la ciudad, que se construyó para intubar el brazo que separaba
la capital en dos mitades.
En ese túnel,
que desembocaba en el Parque Mitre, una vez se encontró el cadáver mutilado y
ultrajado de un niño de nueve años que había desaparecido. Se relacionó ese
hecho con comentarios extraños que venían desde el pueblito Santa Ana, a 15 Km
de la ciudad, un lugar atrasadísimo en el tiempo, que parecía del siglo pasado,
donde se decía que se reunían satanistas a quienes se atribuía la práctica de
sacrificios de gallinas y chivos, cuando no de profanaciones de tumbas y otros
chiches por el estilo. Esto motivó un largo escándalo en la ciudad, y las
investigaciones involucraron a un conocido argelino productor de flores de
Santa Ana, a reconocidos personajes de la alta clase y de la política de la
ciudad. Pero eso es otra historia.
El caso es que
durante unos años se proveyó a la desembocadura del túnel de una reja, para que
no se repitieran las andanzas de ningún depravado. Pero, como siempre hubo y
habrá necesitados que trabajan de ladrones, alguna vez alguien o algunos se
robaron la reja y como el Estado siempre olvida reparar las cosas públicas
cuando de seguridad de trata, la cosa quedó así.
Para no irme
mucho más de la historia que les traigo, daré solo otra muestra de sus
investigaciones aventureras. Fue cuando se juntaron a practicar con la famosa
“tabla Ouija” un viernes a las 12 de la noche y se les manifestó el espíritu de
un tal Oscar Franco, quien estaba por ahí en condición de “alma en pena” desde
febrero del año pasado, porque había sido asesinado por un bandolero en la
localidad de El Riachuelo, al disputar por trampas en el juego. El ánima
“canalizada”[2] como se dice ahora, pedía que se le trasmitiera a su hermana
María, quien trabajaba de sirvienta en una casa con tal número de teléfono, y
los domingos era florista del cementerio, que de parte de su hermano finado,
“el Oscar” y se le dijera que “no ande por ahí abriendo el pico” sobre cosas
que sabía del criminal, porque entre los floristas había un familiar de éste, y
que de enterarse que ella andaba “buchoneando”[3] la iban a matar.
El mensaje era
tan clarito y concreto, que el trío quedó muy impresionado, a tal punto que ahí
nomás se terminó la experiencia. Al día siguiente no, porque era fin de semana,
pero sí el lunes, llamaron al número y comprobaron con pavor que atendió la
mismísima María Franco, quien quedó vivamente impactada por el mensaje de
ultratumba de su finado hermano. Pero el interés “científico” de los muchachos
no se conformó con tal comprobación, sino que fueron al padre de Jorge a
preguntarle si sabía de alguna muerte por riña en ese pueblito próximo a la
ciudad que el agente de ventas farmacéuticas visitaba regularmente... y
efectivamente, el hecho había ocurrido tal cual relató el preocupado fantasma
de Oscar Franco, penando su alma por todos lados.
3. El intermediario del Pombero y el tema de la
sombra.
Con todos
estos antecedentes, pasaremos al núcleo de la historia que hoy me toca
contarles.
Una siesta
estaban tratando de sacar algún bagre amarillo en la costa del río. Aburridos
por la falta de pique, la charla fue naturalmente a dar con los temas de
siempre. Pepe les contaba que en sus pagos de Itatí había un personaje muy
particular, Don Landevil, único comisionado del diario El Litoral, quien
recorría todos los días la ruta desde el pueblo al paraje Ramada Paso, y de ahí
a San Cosme y luego a la Capital, haciendo su trabajo, vendiendo publicidad,
cobranzas, etc. en su jeep Willis, y que era un hombre muy misterioso,
conocedor de todos, como es de esperar para su oficio, pero muy poco conocido
él mismo.
Alto, de
aspecto enjuto y sombrío, con ojos profundos y vivaces de halcón, cuya mirada
podía causar espanto. Su nariz era finamente aguileña y su boca pequeña y los
labios tan finos que parecían un tajo producido con filosa cuchilla. De bigotes
renegridos y finitos, su rostro en conjunto imponía cierto terror.
Mucho se
cuchicheaba de él. Para algunos era un gran embustero y aprovechador de los
inocentes del pueblo. Para muchos, era cierto cuando se decía que era el único
representante del Pombero[4].
El gnomo, en
el Paraguay, Formosa, Corrientes, Chaco y Misiones es conocido por su nombre
guaraní de “Cuarajhî Yara” que significa Deidad del Sol, o algo como “Dueño de
la Siesta”, o “Yasy Yateré” en su versión nocturna (Pedazo de Luna, porque
tiene la cabellera blanca o plateada.)
Según el mito,
sabe del paradero de cosas robadas , cosas o personas perdidas, o de las causas de pestes de cultivos o de animales,
ayuda a encontrar tesoros de los muchos que aún quedan en esos pagos escenarios
de batallas de siglos pasados, o formas de ganar en el juego y tantas otras
cosas por el estilo.
Como pago por
sus servicios a veces sólo quiere yerba mate, tabaco, ginebra o aguardiente.
Pero si su trabajo es mayor puede pedir alguna jovencita púber para satisfacer
sus diabólicos apetitos de carne joven, por lo general alguna “criadita” de las
que abundabann en los pueblos correntinos. Era común en esa época que las familias
aceptaran la tenencia de alguna indiecita paraguaya o del campo. La pobreza de
los pueblos ribereños paraguayos hacía que las pobres indias entregaran sus
hijas que no podían alimentar. A veces podían “desaparecer” nomás, y se decía
que simplemente se escaparon, o se fueron a la Capital a estudiar, o a casa de
algún pariente de la familia, etc. y nadie hacía por ese entonces ningún
barullo.
Si no se
cumplía lo pactado con el trasgo, en la familia del deudor podían esperarse solamente desgracias. Noches
enteras de pedradas en los techos, diabolización de todas las aves de corral,
que ya no caminaban sino que se arrastraban sobre el pecho, y su carne o sus
huevos eran considerados malditos e incomibles. También que se aparecieran en
la ventana de las habitaciones que dan a los fondos los deformes duendes
gritando obscenidades todas las noches, de manera que al calor insoportable del
verano, se deban cerrar todas las ventanas de la casa y allí nadie dormía hasta
que se negociaba con el maldito enano habitante de las cuevas ignotas de la
costa...
Pues bien, el
enigmático empleado de la agencia del diario
se reputaba a sí mismo como el único “representante oficial” del
pombero, y así lucraba transmitiendo los pedidos de la gente al genio y
llevándole según el caso canastos de mercancías (o tal vez en casos, alguna
desdichada menor que después aparecía embarazada, aunque nadie podía decir a
ciencia cierta si los hijos del perverso diablo fueran enanos deformes como el
pretendido padre) Estas cuestiones quedaban sepultadas en el secreto...
El tema que
nos ocupa es que, según el relato de Pepe, la última vez que regresaba de un
fin de semana a la ciudad, Landevil ofreció a sus padres traerlo a la ciudad en
el jeep. Por el camino, como es natural, el audaz investigador mitológico y
metafísico, en sus once, no pudo sino sacarle el tema, como al pasar, si creía
en el Pomberito, cómo era el tema, y cosas por el estilo, por supuesto, si se
podía contar.
Entre las
cosas que el intermediario le contó, estaba el tema de la sombra.
Landevil le
dijo que a veces, en sus interminables idas y vueltas, lo solía ver al pombero. Incluso, medio en serio
medio en broma, le dijo que a veces había charlado con él. Solo en guaraní,
claro. El pombero supuestamente le había comentado una vez que nunca jamás se
debe dejar pisar la sombra. La sombra es una exteriorización del alma y que los
demonios, como no tienen alma, no proyectan sombra.
Landevil decía
que hay que cuidarse de las sombras ajenas, porque si la persona que te cubre
con su sombra es de mucho poder, tendrá poder sobre vos y que incluso te puede
matar o enloquecer. Que no había que pisar la sombra ajena ni dejarse pisar la
propia, porque siempre es como un rozamiento de la muerte y enferma gravemente
la parte de la sombra pisada, o te morís si te pisó toda la sombra. Siempre hay
que alejarse de la sombra de los demás, especialmente si el otro es o muy
fuerte mentalmente, o malo, o loco, o deforme.
La verdad que
este fenómeno era ignorado por Pepe, quien quedó luego de oír el relato sumido
en el mayor silencio por casi el resto del viaje. Y así se lo trasmitía a sus
interesadísimos colegas, quienes a su vez quedaron tan impresionados como para
olvidar la pesca y pasar a hacer los comentarios que el fascinante dato les
inspiraba.
En un momento
Alberto recordó un hecho misterioso que había referido unos años atrás su tía
Elena. Resulta que una vez la íntima amiga de su madre, a quien cariñosamente
la llamaba “tía” y que se reunía todos los domingos a la siesta con su madre y
otras amigas en casa de Alberto a jugar las interminables “lobas” y “canastas”,
les contó que el sábado de la semana anterior había ido al cementerio local a
poner flores en la tumba de su madre, doña Vicenta.
La tumba
quedaba lejos de la entrada, en un sector separado del patio principal, por
donde casi no circula la gente. La tía Elena estaba en cuclillas sobre la
tumba, arrancando hierbajos y prolijeando el pequeño sector, distraída en la
tarea, cuando de pronto sintió una sensación horrible: algo o alguien estaba
detrás de ella. No había visto ni oído llegar a nadie, pero de pronto sintió
una presencia y un frío en la espalda le erizó los cabellos, y un calor súbito
la quemó las orejas y le cortó la respiración. Se dio vuelta de inmediato, el corazón
le galopaba, el estómago le pesaba como luego de un almuerzo de adoquines. No
había nadie, pero recordó que su sombra, a la que ratos antes había visto
proyectada a la izquierda de su cuerpo, pues sería como las tres de la tarde,
ya no estaba. Mejor dicho, casi apenas sobresalía detrás de otra sombra que
reflejaba una persona inexistente en cuerpo físico. La tía comentó que dejó
todo como estaba y salió corriendo con el alma en la boca, sin saber cómo pudo
llegar desencajada a la puerta del cementerio y huyó hacia la parada del
ómnibus que la traería a su casa.
Alberto, en un
chispazo, reparó en la relación entre esa olvidada anécdota y la misteriosa
enfermedad y muerte de la tía Elena pocos meses después, al par que sentía
náuseas y la boca pastosa.
4. Vacaciones en el campo
A partir de
aquel relato en la costa del río, era natural que Alberto y Jorge desearan
imperiosamente ser testigos personales de las situaciones narradas por Pepe y
tener la oportunidad de instalarse en el mismísimo escenario de las hipotéticas
maravillas referidas. Debían trasladarse a Itatí, pasar los días necesarios
para investigar, comprobar la realidad de los hechos o descubrir la mentira de
la burda creencia.
Acordaron que
en las vacaciones del próximo verano irían a pasarlas con Pepe a Itatí. Las
hojas del almanaque por fin cayeron y ya estaban los tres en la terminal frente
a la Plaza de la Catedral embarcados en el ómnibus que los llevaría en una hora
y media al maravilloso mundo donde lo insólito está instalado en la realidad
cotidiana.
Itatí, como
tantas otras localidades correntinas, surgió en base a una reducción indígena.
La misma fue establecida en 1615, de la mano de Fray Luís de Bolaños. Su mayor
atractivo es la monumental Basílica, erigida en 1950, la cual conserva en su
interior la venerada imagen de la Virgen de Itatí, traída al país hacia 1589
por el evangelizador franciscano, su fundador.
La casa de
Pepe era grande, cómoda, con suficientes dormitorios. Al frente estaba el salón
del almacén, y afuera estaban los palenques donde numerosos caballos con sus
gruesas monturas descansaban sobre altas calchas y pieles de oveja. Adentro,
despachaba el gordísimo y gigantesco turco Raimundo, el padre de Pepe, los
pedidos de los paisanos que entretanto apuraban interminables vasos de vino o
caña o ginebra. Ayudaba siempre ocupada, entre el almacén y las tareas de la
casa, Agüicha (diminutivo de Agustina), la madre del anfitrión. También estaba
Jorgito, el hermano menor de Pepe, Martita, la nena y no había otros habitantes
de la casa.
Pronto
recorrieron el paraje, que no era grande. Visitaron la Basílica, el museo de la
iglesia, atestado de cosas muy antiguas de la época de la fundación,
recorrieron el pequeño puerto sobre una barranca muy alta, se prometieron
visitar la isla Pacurí que queda frente a la costa del pueblo, famosa por la
pesca del dorado y el pacú, pues Don Mundo (Raimundo) era tan conocido y amigo
de los de la Prefectura local que sería fácil lograr que los crucen a los tres
en un chinchorro.
Todos los días
los pibes lograban que los paisanos que esperaban en el negocio sin ningún
apuro por regresar a destino, les prestaran los caballos para recorrer las
calles de arena hasta que el dolor de piernas les indicara que ya tenían lo
suficiente.
Pero el principal
atractivo de los dos jóvenes de la ciudad era escuchar las historias de
aparecidos, de lobisones y del Cuarajhî Yara de boca de los locales, claro
está, siempre de día, porque de noche estaba absolutamente prohibido tocar el
tema, aún en la propia casa en que se hospedaban, pues para los lugareños estos
temas estaban absolutamente prohibidos a partir de la entrada del sol. No se
podían siquiera pronunciar los nombres tabúes porque era atraer desgracias y
sembrar la inquietud. Y el gordísimo Raimundo era severísimo además de
gigantesco.
Claro está que
los invitados querían conocer a Landevil, que no andaba por el paraje durante
los primeros días. La madre de Pepe dio fe de todo cuanto fue relatado aquella
tarde de pesca. No había ninguna contradicción en las versiones de madre e hijo
y todo coincidía, por lo que aparentemente, al menos en ese universo, las cosas
eran así y en ese lugar, como seguramente en todos los lugares de campo, el
mundo real compartía el mismo espacio y tiempo que el mundo mitológico, sin
discusión.
5. Landevil.
Apareció
Landevil. Lo conocieron en el almacén de Don Raimundo.
Era tal como
había sido descrito. Conocieron el Willys. Realmente el flaco funcionario de la
agencia del Diario imponía inquietud.
Hipnotizaba su mirada. Los visitantes no pudieron saber exactamente si era así
o el efecto provenía de lo que ya sabían de él. Pero los tres, haciéndose los
distraídos, quedaron en el salón para espiarlo de reojos y escuchar lo que
dijera, atraídos irremediablemente por el aura de misterio –y por qué no- de
cierta frialdad malévola que irradiaba el personaje.
Esa noche
costaba tomar el sueño, no sólo por el tremendo calor de enero.
En Itatí la
usina eléctrica local cortaba el suministro de luz a las doce de la noche, que
era la hora de salida del empleado. En las calles se apagaba el único farol de
cada esquina y en las casas se apagaban los ventiladores. En la casa de Pepe
los motores se usaban solamente para las heladeras. Entonces se trasnochaba en
el frente de las casas hasta altas horas para evitar ir a los dormitorios y
luego a dormir con las ventanas que daban al patio, abiertas. En aquella época
no existían rejas porque no eran necesarias. Solamente alambre mosquitero para
frenar la avalancha nocturna de sedientos insectos. Más allá, la oscuridad
impenetrable a los ojos, los árboles, las sibilantes plantas de banano que
producían terror cuando una nueva hoja de desprendía del grueso tallo silbando
como un fantasma.
Ir a dormir a
la noche era para los visitantes una verdadera cosa de guapos. Pero esa noche
además estaba flotando en la mente de todos un único tema. El pombero. De quien
y a esas horas, ni siquiera se podía hablar. Solo pensar, imaginar en qué
momento y en qué lugar Landevil establecía contacto con el horrible ser, si es
que eso era verdad.
En la mente de
los tres empezó a madurar una idea fija. El camino hacia el pombero era
Landevil. No se podía esperar, naturalmente, que el flaco comisionista los
llevara a visitar la cueva del duende y una cortés presentación al estilo
“estos son Pepe, Alberto y Jorge. “Encantado, yo soy el temible Yasî Yateré”.
Simultáneamente en la cabeza de cada uno de los desvelados tomaba fuerza la
intención de controlar los movimientos de Landevil. Y no les quedaba todo el
tiempo. Se durmieron por fin.
En la mañana
siguiente y luego del desayuno estaban los tres amigos al frente del almacén en
el área de los palenques esperando que aparecieran los primeros clientes de a
caballo para pedírselos para el acostumbrado recorrido por los alrededores.
Sorpresivamente
vieron venir hacia el almacén el pequeño jeep Willys gris, por lo que
decidieron entrar como distraídamente a fines de ubicarse en algún lugar
estratégico del salón para espiarle y escuchar algo que les pudiera resultar
útil a sus iniciales investigaciones.
Entró con paso
decidido y con un cierto balanceo que indicaba que debería tener una pierna más
alta que la otra por desvío de la columna. Delgado pero fuerte, abundante pelo
negro peinado hacia atrás. Nadie pareció mirarlo, salvo los aventureros que
estaban en el mete gol del fondo como jugando sin mucho apuro, como sin mucho
interés. Landevil se acercó al mostrador saludando con fuerte voz a Mundo e
inmediatamente, como impulsado por un felino instinto giró el cuerpo hacia
atrás y miró fijamente al grupo de chicos, que sintieron un cuchillo de frío
deslizándoseles en las espaldas.
Pidió dos
atados de cigarrillos Saratoga, entregó una lista de pedidos al almacenero,
solicitó una copa de Cubana Sello Verde y estaba abriendo uno de los atados,
sacó un paquete verde de cigarrillos, extrajo uno y lo encendió. También pidió
un sándwich de salame y queso como para esperar que estuviera lista su compra.
Habló con algunos de los clientes que bebían sin apuros su ginebra en el mostrador.
Se supo que estaba partiendo para la capital donde quedaría como era su
costumbre hasta la tarde del día siguiente.
Cuando se
retiraba el flaco agenciero no dejó de dar otra mirada a tres que lo miraban
desde atrás. Una sonrisa como mueca torció su rostro mientras levantó una mano
y saludaba a Pepe, agregándole un guiño de ojo.
6. Tres en problemas.
Los tres
chicos estaban discutiendo a continuación sobre qué debían hacer.
Jorge opinaba
que debían tratar de reunir elementos que diera fuertes indicios de que
Landevil era realmente –como se decía por ahí- un emisario del supuesto duende
maléfico o en caso contrario si era un mentiroso sinvergüenza, como también se
decía.
Si aparecían
indicios de lo primero el problema era cómo seguirlo en sus visitas hasta poder
comprobar con propios ojos la existencia de aquel ser sobrenatural. Alberto
propuso ir a merodear alrededor de la casa de Landevil y si era posible espiar
adentro, o más atrevido aún, entrar a la casa aprovechando su ausencia. Esto
último era una propuesta realmente excitante. Pepe dijo que lo más seguro era
que Landevil estaría dirigiéndose a su casa a dejar la compra antes de partir a
la ciudad. -¡Lástima que nos perdimos espiarle el jeep mientras estaba en el
negocio! dijo. - Quizá encontrábamos algo, no sé qué.
Obtenidos tres
caballos en préstamo sabían que tenían algo como una hora para acercarse a la
casa del “intermediario”. Al pasar por la Avenida de la Plaza principal, que
era por donde se entraba y salía del pueblo, alcanzaron a ver el Willys
dirigiéndose a la salida, hacia la ruta. –Ahí va, dijeron a coro. Recorrieron
como siete cuadras largas de arena hacia el río, donde ya casi no había casas y
donde ya no se veía el ir y venir de la gente, salvo alguna camioneta que
pasaba.
A una cuadra
de la bajada al río estaban las dependencias de Agua Potable y la pequeña
Usina, dependientes de Agua y Energía de la Provincia. En conjunto, ocupaban
casi una manzana pequeña. Detrás y hacia el río, estaba el lote y la casa de
Landevil.
Rodearon la
manzana cabalgando al paso. El reducido número de operarios de ambos
establecimientos cumplía su rutina en medio de las bromas y las risas de cada
día. Vieron con mucha expectación la casita, con un perímetro de alambre
tejido, salvo la zona del tapial lateral que sostenía el portón por donde
accedía el jeep al pequeño patio. No había perros. Las ventanas visibles
estaban cerradas. Decidieron ir a dejar los caballos y volver después de
almorzar, cuando los trabajadores de la usina y de la planta de agua se
hubieran retirado y solo quedaran los serenos que duermen la siesta hasta que
entra el encargado de la tarde y noche.
Después de un
almuerzo que extrañó a todos por el silencio que los tres hicieron en la mesa,
asombrando aún más que el silencio la rara circunstancia de que parecían
inapetentes (ninguno de los tres repitió el plato de las sabrosas milanesas
fritas de Agüicha acompañadas de la abundante porción de puré de papas)
Apurados por dejar la mesa, Pepe anunció que se iban a pescar, por lo que se
levantaron y fueron a escarbar al fondo buscando lombrices y portando cada uno
largas cañas de delgada tacuara se despidieron y salieron de la casa casi
volando.
Era cerca de
las dos de la tarde cuando bajaban hacia el río pasando por el costado del alto
muro que envolvía el destacamento de Agua Potable. A esa hora nadie anda por
las arenosas calles por el sofocante calor de enero. A los chicos se les asusta
con el Pombero. Si van a nadar es a la laguna, siempre acompañados de un mayor,
no al río, porque no hay playas y muy cerca de la costa ya hay una peligrosa
profundidad. Claro que aquellos que no se creen lo del Pombero salen igual a la
siesta, pero los lugares preferidos están en los montes que rodean al paraje,
porque allí se pueden cazar todos los pájaros que se deseen.
No había
nadie, como se dijo, que reparara en los tres muchachos que merodeaban (como al
pasar) por el terreno y que de pronto ya estaban espiando el escenario para
descubrir cómo entrar a la propiedad. Pepe expresó que la única forma sería
trepar al árbol de la veredita que se situaba en la parte posterior del
terreno, y dejarse caer dentro del mismo. Para salir, deberían desplazar hasta
el lugar de la caída un tanque cilíndrico de latón de 200 litros que estaba
contra el fondo del patio, trepar hasta la rama, de ella al árbol y salir.
Claro que quedaría el rastro del tanque fuera de lugar, pero nadie sabría quien
lo hizo.
En unos pocos
minutos más, los aventureros estaban dentro de la propiedad y espiando el
interior de la cocina a través de una ventana amplia tipo ventiluz.
Pepe advirtió
que sobre la heladerita había un conjunto de llaves engarzadas en un aro de
hierro. ¡Miren! ¿Y si buscamos una rama o algo y atrapamos el llavero?
Excitadísimos, la propuesta fue aprobada de inmediato y encontrando en el fondo
del patio un conjunto de cañas, eligieron una larga y delgada que les pareció
apropiada para el atrevidísimo plan. Pasándola por la ventana y luego de
algunos minuciosos intentos, pronto engancharon el llavero y –como era de
esperar- encontraron un duplicado de la llave de la cocina que daba al fondo y
ya estaban los tres adentro, verdaderamente aterrorizados.
En la cocina
no había nada especial, no querían detenerse en el escenario prohibido más que
unos minutos, por lo que pasaron al dormitorio. Tampoco había nada especial.
Jorge abrió el ropero, como buscando instintivamente algo, sin saber qué.
Primero vio ropa colgada, abrió un cajón y encontró –dando un fuerte respingo-
¡ropas de niñas! Algunas humildes polleras y remeritas de niña estaban dobladas
debajo de ropas del dueño de la finca. Los tres miraron horrorizados el
conjunto. No podía ser de alguna hija del dueño de casa, no, se sabía que vivía
solo, que no tenía familia. Alberto dijo ¡Estas ropas deben ser de las guaynitas
desaparecidas que “el flaco” habrá entregado al pombero! Pepe dijo ¡Si el
pombero no existe –dudando él mismo de lo que decía- este desgraciado las
secuestró!
A continuación
el terror se apoderó de los tres y a coro se dijeron que debían irse inmediatamente
de la casa. Y así lo hicieron, tratando de no dejar ningún rastro de la visita.
Salieron cerrando la puerta abierta y descolgando sobre la heladera el aro de
llaves exitosamente, treparon al tanque, de ahí a las ramas y bajaron del árbol
saliendo a correr en loco tropel.
Al doblar la
esquina, a dos cuadras de la casa, hablando acaloradamente, vieron pasar a
Landevil rumbo a la casa. Los vio.
A los tres
chiquillos se les heló la sangre y un chorro de sudor frío les corrió por la
espalda.
7. Deliberaciones.
Sentados en
círculo en el césped de la solitaria placita frente a la escuela, se debatía lo
ocurrido. Alberto decía –¡Nos vio, nos vio! –Sí, casi seguro que nos vio, dijo
Jorge. –No había nadie más por la calle. –¡Y qué! Terció Pepe. -¡Estábamos a
dos cuadras! Alberto (el más asustado) dijo –Seguro que cuando mire el fondo y
encuentre el barril movido de lugar se dará cuenta de que entraron al terreno.
Seguro que lo asociará con que nos vio. –Bueno, dijo Pepe. –No tendrá ninguna
prueba de que fuimos nosotros. Además no creo que se note que entramos a la
casa. Quedó todo en orden, las llaves en su lugar...
Ninguno reparó
que en las baldosas de la cocina quedaron huellas de zapatillas de muchacho.
Huellas de tierra húmeda que Jorge pisó con cierto peso al desprenderse del
árbol...
El debate
prosiguió acaloradamente sobre el posible significado de aquellas ropitas de
niña escondidas en el ropero del cada vez más temido Landevil. Era ropita
gastada, humilde. Decidieron que era muy poco probable que fuera de una hija o
sobrina de Landevil.
Alberto dijo
que creía que el hallazgo daba validez a las historias de que a veces el
Pombero pedía guainitas como pago de favores muy especiales. Propuso que
investigaran la veracidad de esos datos, que verificaran si había, en efecto
casos concretos, quiénes habían hecho tales tratos, y cosas por el estilo.
Raimundo, el padre de Pepe era el más indicado, porque los paisanos traían los
chismes al almacén. Pepe se opuso a la averiguación. Sostenía que era muy peligroso
andar preguntando. Que era cosa de la policía, en todo caso. Jorge dijo que el
tema parecía muy denso. Que si no existía el pombero, que era lo más probable,
pasaba a ser un tema delicado el paradero de las niñas.
Jorge les
recordó que el propósito inicial de la aventura era descubrir si existía
realmente o no el fabuloso duende, y no el hacer de detectives por más que el
misterioso emisario del Cuarajhî Yara pudiera haber hecho algún negocio raro
con las chicas entregadas, lo que por lo demás podía ser falso, cosas de
habladurías.
Propuso dejar
de lado esa línea y seguir pensando la forma de descubrir lo que se habían
propuesto originalmente. El miedo que les inspiraba Landevil era un buen motivo
para lograr el acuerdo de los otros dos. Alberto sostenía que el día siguiente
a la hora de la siesta debían ir al monte que rodeaba la laguna y sencillamente
invocar el innombrable nombre del Cuarajhî Yara, que, según se decía por ahí,
era suficiente para que aparezca. Pepe y Jorge dieron un respingo. Tampoco era
tanto el apuro, dijeron, como para exponerse así. Debían saber qué hacer si el
salvaje enano de los montes se les aparecía.
Pero ya era la
hora de la merienda y el estómago era el que decidía implacablemente lo que se
haría en los próximos minutos: el tazón de mate cocido con leche y la bandeja
de los sabrosos chipá-cuerito
y los chipa-mbocá que preparaba Agüicha para matar toda hambre de aventura de
los muchachos.
8. Landevil otra vez.
Landevil se
dirigía a su casa habiendo terminado su trámite. Algo fortuito había ocurrido
que le hizo posponer el viaje a la capital hasta el día siguiente, por lo que
terminó su tarea en un paraje cercano apenas en hora y media o dos.
Vio a los tres
chiquillos al doblar la esquina y sintió algo raro, no era una sensación de
sorpresa. Era algo parecido a un aviso, como de algo anormal. Un instinto de
prevención teñido con disgusto... Algo le avisaba que entraba en pugna con esos
tres, a quienes vio apenas esa mañana en el almacén.
Dejó el jeep
en la puerta a entró a la casita. Salió al patio como instintivamente. Lo
primero que advirtió fue el tanque corrido de lugar. Pronto advirtió que
alguien modificó el lugar normal del tacho grande, curiosamente a un metro y
pico de la rama del algarrobo de afuera. -¡Maldición! se dijo. -¡Esos tres!
-¡Seguro fueron esos tres!
La furia que
sentía lo mareaba. No sabía qué pensar. Entró apurado a servirse un vaso de
vino blanco con hielo. Dejó abierta la puerta de la cocina que daba al fondo
para que entrara más luz y algo de fresco en la acalorada tarde. Sorbió un
largo trago y se sirvió más. –¡Malditos mocosos! Los destriparé. Estaba
asegurándose a sí mismo que los intrusos no habrían podido ingresar. Fue cuando
mirando el piso por casualidad, casi sin fijar la mirada, notó una huella
húmeda de zapatilla con tierra. La zapatilla de Jorge...
El flaco
sintió un mareo y una puntada de dolor en el contraído estómago. -¡No puede
serrrrr! ¡Cómo entraron esos hijos de putaaa! El odio lo envolvió como una
densa humareda marrón con llamaradas como cuando se quema basura húmeda. Sintió
que se le crispaba el cuerpo y se le contorsionaba la boca, parecía un lobo
presto a saltar sobre la invisible presa, todo él era rabia infinita.
De pronto su
imaginación diabólica le indicó con aguda certeza cómo se las ingeniaron para
entrar. Las llaves con el aro sobre la heladera no estaba en el lugar exacto,
algunos mates que el flaco apoyaba prolijamente sobre la heladerita estaban
corridos de lugar. Adivinó que la alcanzaron con algún palo a través de la
ventana abierta. En su representación mental lo vio todo. -¡Mocosos de mierda!
¡Ya verán con quién se metieron! Se dijo como en un juramento.
Ceferino
Teodoro Landevil a sus 52 años había pasado su niñez y adolescencia en Pilar,
Paraguay, donde su padre había encontrado trabajo en el Museo Cabildo y había
comprado con sus ahorros una quintita donde plantaba maíz, mandioca y maní. Fue
en esa propiedad rural donde Ceferino tomo directo contacto con los indios que
labraban la tierra y le enseñaron no solo el Avañeé7 sino también
algunos encantamientos que en la nación guaranítica se conocen como payé o
gualicho. Era en realidad un sujeto de cuidado, contando con apreciable
desarrollo intuitivo y fuerza mental y por cierto no desconocía algunas maneras
de causar daño psíquico. Tal vez ello, que era presentido por los lugareños,
agregaba crédito a su supuesta condición de intermediario del el pombero. En
realidad puede ser que usara dicho prestigio para enriquecerse con las listas
de mercaderías que supuestamente cobraba el repelente y temido gnomo por sus
“servicios” (sin descontar que aquí y allá, por la realización de favores más
“especiales”, que preferiría no pensar, el fantástico enano supuestamente
exigía alguna paraguayita huérfana, quien simplemente un buen día desaparecería
del pueblo, como les dije)
Plenamente
decidido a liberarse de los intrusos pillastres, fue elaborando un plan.
Pasábase horas pensando, imaginando el modo. Decidió que sería suficiente
idiotizarlos, apagarles la mente y volverlos epilépticos mediante “la pisada de
la sombra”.
9. Al ataque.
Al día
siguiente dirigió su Willys al almacén de Raimundo hacia la media mañana con la
intención de encontrar a los aventureros. Entró, compró algo, pidió su cubana y
charló un rato, como era de costumbre. Los muchachos estaban afuera,
discutiendo en cuchicheos qué hacer, ya que habían visto el Jeep y que con
seguridad el tipo estaba dentro del almacén. Nerviosos, querían oír, saber algo
más, pero no se ponían de acuerdo si era conveniente ser vistos por él o no,
pero que sería bueno también leer en su rostro a verlos, alguna expresión que
delate su estado de ánimo hacia ellos, habida cuenta de la furtiva entrada a su
casa, máxime cuando por un pelo no los encontró todavía adentro... Los
muchachos estaban deliberando mientras fingían estar eligiendo algunos caballos
de los clientes para el paseo de la mañana, como solían hacerlo.
Al salir del
recinto Landevil los vio. Esta era una oportunidad esperada para acercárseles.
Se les acercó
sonriendo con aparente naturalidad y los tres tragaron saliva. ¡Hola jóvenes!
Exclamó y dirigiéndose a Pepe le dijo que al verlo recordó aquella oportunidad
en que viniendo de la capital en el jeep el muchacho le manifestó su curiosidad
por el pombero. Justamente este mismo día, a las dos de la tarde más o menos
–le decía, mintiendo una historia- tenía que encontrarse con un par de
paraguayos recién llegados al pueblo, quienes decían haber vivido hace poco una
historia terrible en el monte con un grupo de pomberos, en la cual salvaron sus
vidas gracias a una serie de promesas realizadas. Agregó que sabiendo del
interés que Pepe había demostrado en el tema, era una muy buena oportunidad
para conocer más, que por supuesto podían venir también los otros chicos.
Lógicamente
tal extraña actitud y la sorprendente historia les dejó más que desconcertados
y no atinaron a decir nada al principio. Pronto Jorge enfrentó la situación y
dijo en nombre de los tres que aceptaban la invitación de escuchar los relatos
y que después de almorzar estarían dispuestos. - ¡Los espero a las dos de la
tarde en la Plaza de la Basílica! ¡Iremos en el Jeep al rancho de los
paraguayos que nos estarán esperando, no falten! exclamó Landevil sonriendo y
se marchó.
-¡La mierda! dijo
Alberto. –Y esto, ¿qué es? dijo Pepe. Los tres quedaron entre la excitación y
las sospechas. Discutieron el tema tanto llenos de interés como de temerosa
desconfianza. Estaban de acuerdo que era difícil esperar nada bueno del
siniestro personaje. Tanta generosidad de lobo... Estaban también de acuerdo
que el primer objetivo que buscaban era conocer todo lo posible sobre el enano
de los montes. Como siempre puede más la intriga, acordaron comer lo más rápido
posible para estar en la Plaza a la hora indicada.
La idea de
Landevil era concretamente apoderarse de los tres atorrantes que osaron entrar
en su casa y destruir sus mentes con un poderoso gualicho pues era justo un
viernes con cambio de luna. Preparó en su casa tres juegos para colocarlos
debajo de los tres asientos que los muchachos ocuparían en el jeep. Cada
envoltorio tenía embriones de pollo, sebo derretido de velas rojas y negras,
tabaco mascado mientras se rezaba la maldición del conjuro y una mezcla de
laurel molido, ginebra y esperma.
Cada bulto era
del tamaño de un tomate, envuelto en papel madera, debajo del asiento para cada
uno. Bastaría con sentarlos y llevarlos en el jeep al cruce del camino empalme
a Ramada Paso. Allí diría que hay que bajar a esperar a los paraguayos, y al
sol, les pisaría la sombra. Excitadísimo, feliz, se los imaginaba embobados,
cada mes más apáticos, confusos y en pocos meses empezando a convulsionar hasta
perder todo rastro de memoria hasta quedar completamente inútiles.
10. Desenlace.
Los tres
aventureros comían apurados y en silencio. La buena de Agüicha estaba
comentando que como era viernes, habría una misa especial en la Basílica en
devoción a la Virgen. Y era ese un viernes muy importante. Esperaban de
Corrientes Capital que viniera la Santa Imagen de la Virgen que llevaron a
restaurar hace unos meses. Era la imagen de madera pintada, de un metro y
veintiséis que se exhibía en el Templete de la Basílica, imagen veneradísima
por los numerosos beneficios que la Virgen concedía desde siempre a la gente
enferma que piadosamente le pedía las gracias de la salud.
Con los años,
la humedad fue decolorando la luna que pisaba la Virgen por lo cual la mandaron
al Convento Franciscano a reparar, y esperaban que justo este viernes llegaba.
Había que
rezar a la Virgen con más fervor este día, oyeron los tres decir a la madre de
Pepe, de modo que cuando dejaron la mesa para dirigirse a la plaza, acordaron,
por las dudas, como se dice, rezar un avemaría al salir, encomendándose al
cuidado de la milagrosa virgencita morena que daba su nombre al pueblo. Itatí,
a no dudarlo, es en Corrientes el pueblo de la Señora.
Landevil
estacionó su Willys a las dos menos cinco en la Plaza, frente a la Basílica. El
sol de enero parecía el más caliente del año. La frente perlada de sudor, la
espalda de la camisa empezaba a pegársele en la huesuda espalda.
Decidió cruzar
la avenida para tomar una cerveza en el quiosco de la vereda de la Basílica.
Estaba esperando que aparezcan los chicos. Estaba muy nervioso. Mirando hacia
el río, no reparó en la camioneta que ingresaba por el acceso vehicular al
frente de la Basílica. Cuatro hombres fornidos. Dos de ellos abrían la puerta
de atrás y entraban al receptáculo.
Rápidamente
pero con suma delicadeza estaban extrayendo una litera sobre la cual venía
atornillada firmemente la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de Itatí.
Landevil
continuaba mirando al río, de espaldas... Tal vez pensando que el calor era
inaguantable, cada vez mayor, contrastando con las frescuras de las aguas del
próximo Río Paraná en todo su esplendor. Eran las dos y diez de la siesta
correntina. El sol proyectaba en oblicuo la larga y delgada sombra del misterioso
personaje, parado en la vereda y de espaldas a cuanto acontecía. a pocos metros de él. Acaso su maldad no le
permitía advertir la llegada de la Virgen Morena que siempre pisará la
serpiente del Mal.
Y allí estaba,
cubierta por un celeste tul, la restaurada imagen, enhiesta sobre su pedestal,
orgullosa de su siesta correntina itateña. La luminosa Virgen Madre envuelta en
un triunfante velo azul que parecía el mismo cielo. Los hombres alzaron la
litera y iniciaron su camino hacia la puerta del costado del gran Templo.
Debían rodear la camioneta. La imagen sagrada proyectó su sombra como una
espada filosa en un ángulo que cortaba en cruz la sombra de Landevil.
¿El calor
intenso? ¿La cerveza? Landevil sintió de inmediato una tremenda explosión
dentro de su cabeza. Cerró ambos ojos, primero vio un resplandor verde, luego
todo se volvió rojo. Un rumor ronco como de agua subterránea inundaba sus
oídos. Una lanza de dolor le taladraba la huesuda cabeza. Creyó ver en un
delirio onírico que giraban vertiginosamente embriones de pollo bermellón,
gelatinosos, hediondos en un creciente charco de sangre, sangre que se escapaba
del furioso aneurisma cerebral que le acababa de estallar, justo cuando la
santa sombra de la Virgen de Itatí pisó en cruz la suya...
Los tres
muchachos llegaron al lugar del encuentro que nunca se cumplió. El hombrecillo
aindiado que atendía el quiosco gritó pidiendo auxilio
Landevil cayó
fulminado al ardiente pavimento. Estaban alzando el cuerpo exánime en el
rastrojero policial para llevarlo –ya tardíamente- al hospitalito del pueblo.
Jorge, Alberto
y Pepe se dieron cuenta de que con la muerte de Landevil se cerraba una puerta
hacia el misterio que difícilmente les daría otra oportunidad. Cada uno de
algún modo también se dio cuenta, sin saberlo precisamente, que ese verano y
con esa muerte, también moría la infancia y sus sueños de fantasía y terror. Lo
que nunca llegarían a saber era que la muerte de Landevil por un derrame
vascular cerebral masivo coincidía con el brevísimo segundo en que la sombra de
la Virgen pisó en cruz la sombra del comisionado del Diario Litoral en el pueblo.
Pero las cosas
del bien y del mal y las batallas entre Dios y el Diablo, siempre suelen
suceder en el silencio inadvertido, en el secreto, y si hubiera algún testigo
ocasional, el hecho no tendría crédito y se sumaría al folklore de los pueblos,
como ocurría en Corrientes y zonas aledañas, que aún se cree en el Pombero. Así
es mi pueblo.
Eduardo A.
Morguenstern
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Referencias:
[1] Gualicho o
payé: En guaraní significa “embrujo, encantamiento, sortilegio” para causar
daño, enamoramiento, ganar en el juego, etc.
[2] Canalizar:
establecer contacto mediúmnico.
[3] BUCHONEAR
v. Acusar frente a otra persona. "Me fue a buchonear con el
preceptor."
[4] El pombero
es, según el folclore local un duende perverso que aparece a la siesta, un ser
diabólico que con sus poderes mágicos puede favorecer o perjudicar a la gente
que a él recurre, como todo demonio, pero que puede llegar a exigir a cambio
retribuciones a veces muy problemáticas. Se dice que suele codiciar a las
chicas púberes a quienes aterroriza en las florestas, o en las lagunas cuando
van a lavar la ropa a la siesta, o cuando refrescan su desnudez en la laguna en
las ardientes siestas. En esta versión es conocido como el Curupí.
Puede ser
amigo o enemigo del hombre, según la conducta de éste. El hombre que quiera
tener de aliado a este duende puede dejar ofrendas por la noche como tabaco,
miel o "Kaña", una bebida alcohólica originaria de Paraguay (de
nombre "Cachaça" en Brasil). Generalmente, la gente del campo le
piden favores como hacer crecer los cultivos en abundancia, cuidar de los
animales de corral, etc. Pero después de pedirle un favor no deben olvidarse
jamás de hacer la misma ofrenda todas las noches durante 30 días porque si lo
olvidan, despertarán su furia haciendo innumerables maldades en aquel hogar.
Nunca debe pronunciarse
su nombre en voz alta, hablar mal de él o silbar en horas de la noche, porque
esto lo enoja. Puede vengarse molestando o ensañándose con esa persona. Un mero
roce con sus manos peludas puede producir que la persona se torne zonza, muda o
experimente temblores. Se dice que si se le imita el grito, el Pombero puede
contestar de manera enloquecedora. Por eso, y para no ofenderle, la gente
prefiere nombrarlo en voz baja y se guarda de pronunciar su nombre en las
reuniones nocturnas.
El Pombero es
uno de los genios de la naturaleza más difundidos en la región guaranítica. El
Pombero es un genio de la selva, como un hombre bajo y retacón que puede
perjudicar, pero que puede hacerse amigo de los campesino que le ofrecen tabaco
y algún alimento, y en ese caso les hace grandes servicios.
4 Guayna: en
guaraní, muchacha.
5 Chipá
cuerito: Las tortas fritas en el norte de Argentina se las conoce también con
el
de "chipá cuerito" por esa especie de pielcita que se forma
dejando la torta hueca en el centro y una piel fina en ambas caras por acción
del vapor. El Chipá mbocá es una variedad hecha al asador.
6 La Cubana
Sello Verde era una bebida espirituosa similar al brandy de mucho consumo
popular en la primera mitad de los 900’s.
7 Aváñeé:
Literalmente “lengua del indio”, refiriéndose al idioma guaraní.
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