Mensaje de bienvenida

En esta sección se ofrecen algunos cuentos de mi autoría. También encontrarás poemas, ensayos y opiniones varias. No pretendo "saber" escribir, más allá de lo aprendido en la escolaridad primaria y secundaria. Tampoco, advierto, tener "un mensaje" que trasmitir, pues creo que ya está escrito todo lo importante que deba decirse y que ello parece exigir una preparación o erudición de la que carezco. Me cae bien aquello que escribió Anthony de Mello en el "Canto del pájaro" y que dice algo así como que el pájaro canta porque es su naturaleza cantar, y no porque tenga un mensaje que trasmitir.

En mi caso, libre de decir que no asistí a clase alguna de escritura, lo hago, sin embargo, impelido por la tenaz presión de locos dáimones internos, que moran desordenadamente en los mundos infiernos de mi inconsciencia, contra los que pese a mis honestos esfuerzos nada consigo para evitarlo o poner algún orden. ¡Quién puede hacerlo!

Tal vez haya algo que pueda entretener al lector, tal vez sirva a algunos para ensayar la crítica, tal vez a algunos le resulte agradable alguna producción. Ninguna de esas opciones constituyen una meta por mi parte.

Serán valorados y muy respetados los comentarios que se envíen, cuando sean decorosos. Reciban mis deseos de paz y de todo lo mejor.

EAM.

martes, 14 de febrero de 2012

LA CONFESIÓN



LA  CONFESIÓN.

Duros, muy duros años para la verdadera fe estos que corren en Londres en este Año del Señor de1660. Dios nos perdone y guarde a todos y que triunfe al fin la obediencia al Papa y a los mandatos evangélicos.

El malvado Lord Oliverio Cromwell logró decapitar al bueno de Carlos I. (¡Dios le guarde!) y desarmó la monarquía para instalarse como Lord Protector de Inglaterra luego de la cruenta guerra civil.

Hace dos años, la infinita misericordia de Dios se lo llevó al mismísimo infierno, en donde le corresponde sufrir eternamente.

El Señor de la Justicia coronó a Don Carlos II que abraza el Catolicismo, de modo que se abre una nueva esperanza para el clero y la grey.

En lo que a mí se refiere, el Señor me premió con dejar mi trabajo de maestro del hijo del Conde de Essex  para predicar nada menos que en la Capilla del Real Colegio a orillas del Támesis.

El relato sorprendente que registro en este cuaderno ocurrió en una de las Confidencias de confesionario.

El penitente me sorprendió especialmente por su infinita piedad. Se acusaba en un muy sentido llanto por un hecho puntual que pesaba dolorosamente en su alma. Había encontrado un pichón de gorrión en su patio, al parecer herido por la caída desde el nido al frío suelo. Sin demora y sin tocarle le procuró migajas en un papel y una pequeña bandeja con agua para que tomara algún alimento, orando incesantemente al buen Jesús por la vida del pichoncito enfermo.

El pobrecillo, decía, inmediatamente se alimentó y bebió un poquito, pero en pocos minutos convulsionó y aleteaba luchando contra la segura muerte que ocurrió enseguida, pese a los esforzados ruegos. El piadoso confesante aseguraba que el pichoncillo se habría atragantado, pues daba todas las muestras de no poder respirar, y que se culpaba de ello, tal vez las migajas que le ofreció habían sido algo grandes...

El quejumbroso gigante que tenía a mi lado lloraba como un niño y yo, sacerdote franciscano por la gracia de Dios, me conmovía el alma tanto que evité en cuanto pude mi propio llanto, pues veía en ese penitente el mismo espíritu de Francisco, el  Pobrecillo de Asís, quien detenía su marcha al advertir en su camino un gusano, por no pisarlo y delicadamente lo cogía sacándolo del paso para depositarlo amorosamente en un costado del sendero.

Consolé al atribulado varón diciéndole que el Buen Jesús premia especialmente a quien, como él,  presta amorosos cuidados a sus criaturillas. Que estos mínimos gestos de piedad aseguran el Paraíso a quien se ocupa de los animalitos del Señor.
Obviamente le absolví recomendándole persistir en sus diarias oraciones y le recordé  especialmente ser observador de los cristianos deberes durante su diaria labor...

-A propósito, inquirí: ¿En qué te ocupas, hijo mío? Respondió con cierto inocultable orgullo, aún entre  sollozos: Soy el Verdugo Oficial, padre mío. Yo corté la cabeza de Su Majestad Carlos I, orando al Todopoderoso por la salvación de su alma. Lord Oliverio C... en la ocasión, me exceptuó de gritar, como es la norma “¡Miren la cabeza de un traidor!” 

E.A. Morguenstern

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