LA CONFESIÓN.
Duros, muy duros años para la verdadera fe estos que corren
en Londres en este Año del Señor de1660. Dios nos perdone y guarde a todos y
que triunfe al fin la obediencia al Papa y a los mandatos evangélicos.
El malvado Lord Oliverio Cromwell
logró decapitar al bueno de Carlos I. (¡Dios le guarde!) y desarmó la monarquía
para instalarse como Lord Protector de Inglaterra luego de la cruenta guerra
civil.
Hace dos años, la infinita
misericordia de Dios se lo llevó al mismísimo infierno, en donde le corresponde
sufrir eternamente.
El Señor de la Justicia coronó a
Don Carlos II que abraza el Catolicismo, de modo que se abre una nueva
esperanza para el clero y la grey.
En lo que a mí se refiere, el
Señor me premió con dejar mi trabajo de maestro del hijo del Conde de Essex para predicar nada menos que en la Capilla
del Real Colegio a orillas del Támesis.
El relato sorprendente que registro en este cuaderno ocurrió
en una de las Confidencias de confesionario.
El penitente me sorprendió especialmente por su infinita
piedad. Se acusaba en un muy sentido llanto por un hecho puntual que pesaba
dolorosamente en su alma. Había encontrado un pichón de gorrión en su patio, al
parecer herido por la caída desde el nido al frío suelo. Sin demora y sin tocarle
le procuró migajas en un papel y una pequeña bandeja con agua para que tomara
algún alimento, orando incesantemente al buen Jesús por la vida del pichoncito
enfermo.
El pobrecillo, decía, inmediatamente se alimentó y bebió
un poquito, pero en pocos minutos convulsionó y aleteaba luchando contra la
segura muerte que ocurrió enseguida, pese a los esforzados ruegos. El piadoso
confesante aseguraba que el pichoncillo se habría atragantado, pues daba todas
las muestras de no poder respirar, y que se culpaba de ello, tal vez las
migajas que le ofreció habían sido algo grandes...
El quejumbroso gigante que tenía a mi lado lloraba como un
niño y yo, sacerdote franciscano por la gracia de Dios, me conmovía el alma
tanto que evité en cuanto pude mi propio llanto, pues veía en ese penitente el
mismo espíritu de Francisco, el
Pobrecillo de Asís, quien detenía su marcha al advertir en su camino un
gusano, por no pisarlo y delicadamente lo cogía sacándolo del paso para depositarlo
amorosamente en un costado del sendero.
Consolé al atribulado varón diciéndole que el Buen Jesús
premia especialmente a quien, como él,
presta amorosos cuidados a sus criaturillas. Que estos mínimos gestos de
piedad aseguran el Paraíso a quien se ocupa de los animalitos del Señor.
Obviamente le absolví recomendándole persistir en sus
diarias oraciones y le recordé
especialmente ser observador de los cristianos deberes durante su diaria
labor...
-A propósito, inquirí: ¿En qué te ocupas, hijo mío?
Respondió con cierto inocultable orgullo, aún entre sollozos: Soy el Verdugo Oficial, padre mío. Yo corté la cabeza
de Su Majestad Carlos I, orando al Todopoderoso por la salvación de su alma.
Lord Oliverio C... en la ocasión, me exceptuó de gritar, como es la norma
“¡Miren la cabeza de un traidor!”
E.A. Morguenstern
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