Mensaje de bienvenida

En esta sección se ofrecen algunos cuentos de mi autoría. También encontrarás poemas, ensayos y opiniones varias. No pretendo "saber" escribir, más allá de lo aprendido en la escolaridad primaria y secundaria. Tampoco, advierto, tener "un mensaje" que trasmitir, pues creo que ya está escrito todo lo importante que deba decirse y que ello parece exigir una preparación o erudición de la que carezco. Me cae bien aquello que escribió Anthony de Mello en el "Canto del pájaro" y que dice algo así como que el pájaro canta porque es su naturaleza cantar, y no porque tenga un mensaje que trasmitir.

En mi caso, libre de decir que no asistí a clase alguna de escritura, lo hago, sin embargo, impelido por la tenaz presión de locos dáimones internos, que moran desordenadamente en los mundos infiernos de mi inconsciencia, contra los que pese a mis honestos esfuerzos nada consigo para evitarlo o poner algún orden. ¡Quién puede hacerlo!

Tal vez haya algo que pueda entretener al lector, tal vez sirva a algunos para ensayar la crítica, tal vez a algunos le resulte agradable alguna producción. Ninguna de esas opciones constituyen una meta por mi parte.

Serán valorados y muy respetados los comentarios que se envíen, cuando sean decorosos. Reciban mis deseos de paz y de todo lo mejor.

EAM.

jueves, 28 de junio de 2012

EL CHASCO DE IDIGORAS - CUENTO.


Idígoras sabìa que agonizaba. Asfixiándose en su minuto final con el hocico dentro de la mascarilla de oxígeno, amarrado en cables y tubos de látex en su camilla de Terapia Intensiva, pasaban por su mente agitada ramalazos de ideas desordenadas.
Sabía que moría.

Escéptico y pragmático, siempre se jactó de ateo. Nada hay después de la vida. La conciencia se apaga, como una luz, y no queda nada. No había, decía, ningún  más allá.

Ni los rezos ni novenas de estúpidos cristianos tienen valor alguno puesto que no hay ni cielo ni infierno, no hay premios para el justo ni castigos eternos que valgan.

Fiel a sus certezas, siempre prefirió ser lobo y no cordero. La vida se afirma en el triunfo de la fuerza y la inteligencia, es así, decía, el débil debe servir al fuerte. Nunca escatimó ningún ardid para lograr lo que se proponía. Estaba de acuerdo con Nietzsche, la moral del cordero era deleznable, no podía entender la caridad, la tolerancia ni la renuncia del interés propio por algo tan abstracto, en su criterio, como “el bien ajeno”. En su mundo social, se reía de sus amigos creyentes, los tomaba por hipócritas. ¡Cielo, infierno! ¡Pura bosta!
Idígoras fue siempre tenido por egoísta, aprovechador, mal bicho.

Ahora, apenas un hilito de aire lograba ingresar a sus extenuados, sedientos pulmones. Un segundo más y se acaba, pensó en un rayo decadente de última conciencia. Estaba solo entre dos bastidores. La luz mortecina del sector. Allá a un metro y medio la enfermera resolvía un crucigrama de la revista Jocker ignorando lo que sucedía. Fondo musical muy tenue, los violines del Vals de las Flores de Tchaicovski finalizando en el parlantecito de la pared.
Idígoras dejó de respirar.

Al principio no ocurrió nada en su interior. Nunca supo si ocurría algo en lo exterior.
La oscuridad más negra y el silencio más profundo se hicieron en su cerebro.
Luego sintió innumerables manos se apoderaban de él, volvió la conciencia. Una conciencia rara, muy distinta, como irreal, como onírica. Se dijo que no era posible, que debía estar soñando. Una corriente formidable lo arrastraba en espiral vertiginosa hacia abajo, velozmente, cada vez más hacia abajo.

No sentía el cuerpo, no sentía ninguna sensación corpórea, aunque comprendía que estaba siendo envuelto, cubierto de manos apresantes, calientes, húmedas, viscosas, que jalaban de él.

Luego sintió chillantes risas, histéricas, horrendas, ensordecedoras, cientos, miles de risas que le inspiraron un terror indescriptible.

Se sintió en el centro de un mundo subterráneo, con un calor insoportable, empezó a ver de nuevo. Al principio, un resplandor rojo, brillante como las  brasas, había muchísima gente, o figuras como de gente, o como fantasmas rojinegros igual que fuego en mala combustión, que giraban en torno a él emitiendo risotadas grotescas, alaridos obscenos, revoloteaban  velozmente por todas partes, había miles a su alrededor danzando en un repugnante aquelarre.

Empastado en pegajosos sentimientos de profundo terror y máximo odio quiso despertar del horrible sueño que creía vivir. ¡Cómo salgo de esto! ¡¡¡Basta!!! ¡¡¡Quiero despertar!!! Se retorcía mientras pretendía alejar las burlonas presencias que lo envolvían. Idígoras gritaba, lloraba, imploraba.

Todos los demonios, ¡oh, cosa sorprendente! tenían la misma cara: su propio rostro, aunque distorsionado por las muecas de diabólicas risas... 

Odas a mariana 1.


mariana lejanías
mariana en el viento fresco de una tarde primaveral
mariana en la dorada incandescencia del poniente
mariana y los caracoles en las rocas costeras
mariana con el pelo que flamea al viento, bandera de libertad
mariana esperanza
mariana risas y sonrisas inocentes
mariana y las aves que sobrevuelan la playa
mariana y el alegre cotorreo de los periquitos en las palmeras
de la costanera
mariana patinando rollers pensando en no sé qué
mariana horizontes de paz
mariana prados verdes a la vera del río con niños que corren
despreocupadamente
mariana arco iris luego de la lluvia sorpresiva
mariana y los caballos
mariana y mis suspiros
mariana mi amor
mariana mis desvelos
mariana que me empuja hacia dios
mariana que no tiene alegrías
mariana en telarañas de ensueño, en laberintos húmedos.
mariana miedo en el ocaso solitario en pleamar
mariana de ojos de cristal de roca
mariana de ojos aguamarina
mariana de los fuertes y más fuertes abrazos
mariana, florece de una vez, elévate, ave de luz, trina al nuevo amanecer...

eduardo morguenstern

lunes, 21 de mayo de 2012


La fiel amiga.


Gracias, soledad,
la fiel amiga
que me visita en algún momento
todos los días...

Cuando todos partieron
a sus lugares (como es debido)
y se llevaron todas sus voces
y sus ruídos

sé que te tengo
al lado,
cómoda en casa,
sé que te agrada
estar conmigo...

Amas estos silencios
cómplices
para rodearme
con tus arrullos las largas horas...

Espera, muestra paciencia,
a que te aprecie,
a que valore esta preferencia
que me prodigas

y que te preste, dócil, mi oído
y que reciba tus enseñanzas
desde el misterio hondo
que puja fuerte
muy dentro mío.

Sí, es necesario
que antes que vuelva
a un grande amor
de esos que tejen grandes delirios,
o que me hunda sin ton ni son
en el parloteo de los amigos

es necesario como decía,
que tú me enseñes, mi fiel amiga,
a restañar la última historia,
la última herida,

a degustar en tu compañía
el largo brindis,
que dialoguemos,
que yo asimile
esas tres lecciones
antes que vuelvan vertiginosos
los aires frescos
de un nuevo día...

EDUARDO MORGUENSTERN






DICES


Dices
que en tu soledad añoras vivir
un momento de tibia pasión...

Dices
que te envuelven y consumen
gasas rojas de erótico afán

y que entonces piensas en mí
y que sientes tu cuerpo vibrar,
gimes

que mis labios recorran tu piel
y mis caricias reclamen tu miel
y que ves

en las fiebres de la ensoñación
que en abrazo profundo y sensual
yo te doy

ese amor
que hoy anhelas con tal frenesí.
Piensa en mí que ya estoy

yendo a ti
a llevarte mis besos que son
ese bálsamo y filtro de amor

que te haga reposar y que al fin
cuando agotes las últimas llamas
estés

envuelta en tal melodía de paz
y una dulce sonrisa en tu faz,
feliz.

                                              EDUARDO MORGUENSTERN











YASIARA
              ( Rayo de Luna: Yasî: Luna, Ara: Rayo)

¿Cómo olvidarte? Fuiste la magia,
rayo de luna en la ardiente noche
que nos amamos en Ipanema...

Rayo de luna, dulce misterio,
mujer del goce y los mil encantos,
guardo el recuerdo de los sabores
a sal y a menta en tu piel morena.

Tus ojos negros fueron refugio
para los míos, devoradores,
cuando nos vimos, mientras danzabas
aquella siesta, Diosa en la Arena...

¡Yasiara! Quiero perderme
en esa fronda tan perfumada,
azabaches rizos de tu melena,

¡Besar de nuevo tu húmeda boca
tan tentadora, tan generosa,
y beber el zumo de fruta roja,
del cajá mirim en tu dulce lengua!

¡Yasiara! vibró en tu sangre
el nocturno hechizo
tantos ardores
y como el tam tam de aquellos tambores
mi corazón bailaba al ritmo
inigualable de tus caderas

¡Rayo de Luna! tus suaves senos
fueron palomas en mis caricias
tan pecadoras,
¡Ay de las tuyas! Tus sabias manos
fueron demonios, súcuba ardiente,
que me extasiaron ¡Divinas horas!

Vayan mis cantos, granos de arena
volando en la brisa de tu Ipanema,
a tus oídos, Rayo de Luna,
hembra Orixá, Lemanjá playera,
dulce Yasiara, la brasileña... 

POR FIN...
(ensayo de 4 sextillas a pie quebrado)

Que por seguir soñándote
creo seguir amándote,
¿Será así?

Los sueños fantasías son
Que confunden al corazón.
Es así.

Desprecié la realidad,
me fabriqué una verdad
para mí.

Muy caras las consecuencias
de esta nefasta experiencia
las viví.

Derroché horas y días
en infinita porfía
baladí.

De ese sueño he despertado
Y hoy me siento liberado.
¡Ah! ¡Por fin!

Eduardo Morguenstern

EL ANGEL MUERTO
¿Cuantas veces en el descontrol, en el apuro, en la distraccion, en la egoista satisfaccion del caprichoso grito del animal en nosotros simplemente "matamos al Angel? ¡¡Cuidado!! No matemos al Angel. (El Autor)


Sonó un disparo estrepitoso
desgarrando el nocturnal silencio.
Me despertó. Salí corriendo
y en la oscuridad entré en el monte.
A poco andar casi me caigo
tropezando con su cuerpo.
Horrorizado, lancé mi grito,
un alarido desconsolado.
Trémulo, impávido, sobre su pecho
ví un medallón rojo sangriento,
sus alas rotas, el cuerpo yerto.
¿Quién pudo herirte, hacerte esto,
quién te mató, Angel del Cielo...?


DESDE AQUEL MISTERIO

Desde Aquel Misterio
la nada se hizo rayos
que serpenteantes
descendieron por el Tiempo

y que al transcurrir de los Eones
(al quince siguen nueve ceros)
por el verbo de un recóndito secreto
fueron polvo estelar, luego Universo.

¿ Se te ocurre algo más bello?
¿Qué prodigioso amor nos ha encendido
cuerpos de masa y luz de fuego
como diamantes en el cielo?

¿Cómo no pretender subir de nuevo
hacia la vacía plenitud de tal Misterio
tropezando con porfía, con denuedo
por los peldaños argénteos de un verso...?


EDUARDO MORGUENSTERN   ( Noviembre 2007)

viernes, 11 de mayo de 2012

ESPERA EN CALMA.

Espérame un instante, sé paciente,
espérame otro tiempo, no te inquietes,
no despreciemos el tiempo de esperar
que no es “perder tiempo” sencillamente...

aprender a esperar y estar “despierto”
no sé si es estar fuera del tiempo
-porque eso sería estar en lo eterno-
o es graduar el efecto en mí del Tiempo,
(Kronos = el “tiempo del reloj”
y Kairós = el tiempo interno).

En medio de su batahola
Infernal lo cotidiano nos aliena
y nos expulsa de nosotros mismos.

Los viejos pescadores me enseñaron
cuando niño paseaba por el río
que si nadando me atrapaba un remolino
no luchara por salir, más bien tranquilo
tomara aire suficiente y dejándome arrastrar
por el vórtice hacia el fondo del río
podría nadando por debajo
escapar de su ímpetu centrífugo.

Creo que en el ojo del huracán hay un reposo
calmo, como en lo profundo de mí mismo,
y que ahí debo esperar, sin producciones
que entorpezcan el devenir del tiempo mismo.
Leí un poema de T. S. Elliot que transcribo:


El Arte de Esperar.

Le dije a mi alma, aquiétate, y espera sin desear
porque el deseo sería deseo de lo incorrecto;
Espera sin amor
porque el amor sería amor por lo incorrecto;
Sin embargo hay fe
pero la fe y el amor y el deseo
están todos en la espera;
Espera sin pensamientos,
porque no estás listo para el pensamiento;
Así la oscuridad será la luz
y en la quietud la danza.”


Te decía, esperar para mí no es lo pasivo,
Es estar preparado, disponible,
a pesar de la mente tan inquieta
que disfruta del pensar porque sí,
como un animal que salta y corretea
libremente y sin metas,
pensamientos errantes sin ideas
definidas, algo inconexas...

La mente odia la quietud,
distraída y flotante se pasea...
Esperar disfrutando de la calma,
pasear relajado en la avenida
entre los plácidos árboles del alma
en los jardines interiores y oír las aguas
que de sus fuentes manan cristalinas....

Esperar, tomar conciencia de los ritmos
del aire que se exhala y que se inspira,
reparando feliz en los latidos
con que el gozoso corazón rima mi Vida.

Esperar tranquilamente, hay mucho tiempo,
estando libre de deseos y pensamientos,
esperar meditando, conectado,
sin el ansioso cavilar, estando adentro,
permitiendo que fluyan los instantes
uno tras otro como caen las gotas de rocío
de las hojas al sol cuando amanece,

Esperando esperaré mudo y tranquilo,
absorto en el silencio de mis quedos
patios del alma en la alborada
o en sus crepúsculos vernales con los trinos
de los ociosos ruiseñores, compañeros...


EDUARDO MORGUENSTERN

lunes, 27 de febrero de 2012

EN LA ALCANTARILLA


1.

No sabía cuantos días hacía que estaba viviendo en las alcantarillas. Casi se estaba adaptando a las nauseabundas condiciones del escondite. La humedad permanente, la oscuridad aterradora si se alejaba unos metros de las bocacalles (a las que se acercaba para respirar mejor, pero con todo cuidado para no ser visto por alguien), las ratas, cientos de ratas que circulaban entre sus pies o a sus lados por las paredes del túnel, el espantoso olor hiriendo los pulmones permanentemente.



El tránsito incesante de la calle temblaba en el techo del túnel, salvo a la noche, cuando el oscuro laberinto se volvía frío y entonces se adormecía en el ático por donde pasa el manojo de cableado urbano subterráneo. El estómago, un volcán que rugía exigiendo material digerible: basura, restos de comida desechada, lo que sea. Sabía que debería empezar a comerse las ratas o éstas lo devorarían a él. En dos ocasiones salió con gran riesgo a la calle a buscar qué comer y encontró algo entre la basura, pero era muy probable que lo descubrieran. También en una oportunidad intentó seguir el curso de agua y salir al río, pero lo detuvo una profundización del piso, en que el nivel del líquido pestilente  de desechos cloacales, le daba a la barbilla y tuvo que retroceder.



Sabía que no podía demorarse mucho más, tarde o temprano lo encontrarían. Ya se sentía aturdido, afiebrado, cada vez más débil. Debía seguir intentando otros rumbos, a riesgo de perderse o toparse con desagradables sorpresas, como empleados de servicios públicos trabajando en algún nivel de esos húmedos infiernos...



2.

Trataba de rebobinar cómo comenzó todo. Siendo profesor de matemáticas, no pudo evitar el interés por la Cábala. Pronto le interesó el estudio de los 72 nombres de Dios, Shem Ha Mephorasch, en sus combinaciones de tripletes de 72 letras hebreas formando  los nombres de los ángeles o genios rectores, que obedecen al mago para manipular la materia y la energía, las fuerzas de la vida.



Apasionado por la  Geometría Sagrada, los intrincados misterios del número phi o “Número Áureo”, la "proporción áurea" de Fibonacci, y la espiral logarítmica llamada "espiral maravillosa" omnipresentes en el Universo: en los espirales de las Galaxias, las órbitas planetarias, los golfos, las bahías, las cadenas montañosas, las curvas que el viento construye en las dunas del desierto. Aparecen en las formas y proporciones de los vegetales, como el diseño en la distribución  de las piñas o el girasol, los animales, de los cuales la más artística expresión aparece en los caracoles fósiles amonites y el actual nautilus. Combinaciones de esta geometría sagrada sirvieron en el diseño de los templos y gigantescos monumentos de las eras remotas, y los templos sagrados de edad más cercana, en la arquitectura griega y luego medieval y renacentista, en el arte de Miguel Ángel, Leonardo, más aquí, los ocultistas Gaudí y en música, la escala aplicada por Debussy en Reveriè y el Preludio a la siesta del fauno y Eric Satie en sus Gnossiennes, entre otros.





Entendió que estas mismas ecuaciones estaban disfrazadas en los libros sagrados, como los Rig Veda de la India, en el Génesis escrito en clave por Moisés, verdadero código cabalístico mal traducido al hebreo popular y luego al griego, perdiéndose así las claves cósmicas originales. Ellas fueron rescatadas por los filólogos hebraístas como Fabre D’Olivet  y Saint Yves D’Alveydre. Fueron celosamente veladas en el Martinismo, la Masonería y la Gnosis Rosa Cruz.



El sabio manejo de estos Misterios podían generar el dominio mundial. Ya los poseyó  Alejandro el Grande y luego Napoleón, que los encontró en Egipto y los completó tomando de los Archivos del Papado los misterios Templarios y lo movieron a las grandes conquistas. Otro tanto pasaría luego con el trastornado Hitler, que reencontró las pistas en las logias de “la Sociedad de Thule” a laque perteneció antes de apoderarse de Alemania para dominar el mundo, proyecto felizmente frustrado. 



3.

Las ideas en su mente giraban como un enloquecido carrusel. Sí, era indudable que el sabio manejo de todas esas claves de las matemáticas y de la geometría sagrada, secretas para la gran mayoría,  aseguraba a cualquier potencia el control mundial.



Todo el Universo se rige por ellas, queda claro. Tenía razón el gran Pitágoras cuando aseguró que “Dios geometriza”. Todo en el vasto Cosmos se rige por la Suprema Ley de la medida y la proporción. Era una verdad incontrovertible que el dominio del número confiere poder divino.  Esa es la verdadera clave de Arquímedes. “Dame un punto de apoyo y moveré el mundo” no se refería solo a  la palanca. La verdadera palanca es el conocimiento matemático y las combinaciones de la proporción, el ritmo, la vibración. Aritmética y Geometría produjeron el “Kibalión”, entregado al mundo en las Tablas Esmeraldinas de Hermes Trismegisto. El Número permitió a Eratóstenes de Alejandría medir el perímetro del planeta ¡sólo con dos postes y una cuerda!   El número y el cálculo trajeron la Astronomía, el descubrimiento del Nuevo Mundo, pusieron al hombre en la Luna, nos acercó el confín de la Vía Láctea, le trajeron  piedras desde Marte recientemente y mucho más...



El fugitivo vio, como algunos también lo ven pero callan, que hoy Ellos manejan el conocimiento numérico arcano con máxima precisión y lo aplican al cálculo de las matemáticas de población en relación a los recursos naturales. . La moderna estadística fractal en Sociología y a la Demografía   Malthusiana les indica que es  necesario reducir el número de habitantes terrestres. Es acuciante dominar el planeta de modo que baje el consumo mundial, pues los siete mil millones de humanos son sumamente onerosos para la Tierra. Las aplicaciones de las series de Fibonacci a los logaritmos y ecuaciones en Economía y Estadísticas mundiales dan un veredicto de exterminio global de la humanidad. No hay otra. Para salvarse los pocos deben desaparecer los muchos. “En el barco no hay lugar para todos”.



Empezaron por la globalización, la creación de La Deuda mundial, el control de la economía planetaria. Ellos gobiernan por encima de los gobiernos nacionales elegidos en democracias de pantomima. Se apoderan de todos los países y compran las voluntades traidoras de los locales gobernantes.



Para Ellos, evidentemente, el pueblo es por naturaleza ignorante, estúpido y potencialmente violento (si obstaculizan sus planes). El mundo debe ser gobernado por una minoría esclarecida que se reserve todos los recursos y beneficios para su propio crecimiento y bienestar indefinidamente.



Biológicamente siembran virus nuevos como el Sida, el Évola, la Gripe Aviar, la Porcina. Traen de vuelta enfermedades que ya se habían eliminado, como el cólera, el dengue, quedando en su poder exclusivo las fuentes para fabricar vacunas que ya nadie puede producir en el mundo, como la viruela, capaz de exterminar la población mundial en meses. Ellos tienen reservorios exclusivos de genes tanto para destruír vida como para reparar vidas según la conveniencia.



Ellos y sus esbirros manipulan la información social y la educación que se ofrece al mundo. El conocimiento escolar y universitario se relativiza, se cambia la historia, se miente, se tergiversa, se relativiza culturalmente todo. Hoy se proclama que “no existe una verdad, sino una variedad y diversidad de verdades”, que es “imposible” la objetividad y la “racionalidad”, supuestamente estamos en el “fin de la historia” y también han modificado las ideologías sobre la ciencia, Dios, la cultura, el hombre, la familia. Todo está bajo su omnímodo control y a sus fines.



4.

El gran error personal, su error fatal, admitió el hombre del escondite, fue pretender difundirlo, clamar al mundo la advertencia, como hiciera Juan el Bautista, “la voz de uno que clama en el desierto”.



Gritar lo que todos ven, pero callan. Error fue asumir la propuesta “revolucionaria”, “concientizadora” desde la red, denunciándolo en sus múltiples comentarios en todos los sitios que pudo. Desde su humilde computadora pretendió atacar, se dijo, el poder mundial. ¡Quién iba a reparar en él! Los Amos del Universo no se impacientarán ante una mosca, como las tolera indiferente el colosal león en la sabana. “Aquila non capit muscas” dijo Julio César.



5.

Primero lo sancionaron en la red social, suprimiéndole los nuevos pedidos de amistad. Luego los comentarios. Luego le prohibieron publicaciones.



Después le intervinieron el teléfono y el móvil.



Después empezaron a seguirlo en autos y de a pie. Sin interpelarlo.



Después sintió ruidos en los techos.



Después ningún amigo quiso refugiarlo en su casa.



Después debió esconderse en la alcantarilla.



¿Qué hacer? Pensó, debilitado, enfermo. ¿Cómo sigo? ¿Me entregarán al manicomio a perpetuidad? No son tan piadosos… ¿o me espera un  plomo en la cabeza? Se preguntaba una y otra vez, mientras pateaba las hambrientas ratas que le mordisqueaban los pies y piernas, cada vez más agotado...




E.A. Morguenstern





viernes, 17 de febrero de 2012


LOS HUESOS.
Eduardo Morguenstern  

I
Feliz de haber iniciado las clases de Anatomía I, la materia más importante de Primer Año, el “Flaco” Tato García sentía que por fin arribaba a una verdadera iniciación de sus estudios médicos. No le parecían realmente “médicas” las otras materias como Biología, Física, Química e Histología, que eran más bien teóricas o conceptuales, alejadas del cuerpo, a lo sumo, en los trabajos prácticos se ocupaban en tareas con matraces, frascos Erlenmeyer, mecheros y tubos de ensayo, máquinas centrífugas, soluciones y suspensiones.

Pero ahora sí, por fin esto era “Medicina”. Estaban llegando al estudio del cuerpo humano en cuerpo presente, como se dice, el material era real, tan real como los cadáveres que se prestaban mansamente en la morgue de la Facultad a las pinzas y separadores de los estudiantes, ávidos de adentrarse en los laberintos de los ligamentos y tendones, en los haces musculares, arterias y venas y los cableados nerviosos o tener en las manos por primera vez en la vida, a cada órgano. Aquí una vejiga o un riñón. ¡Cuidado con el uréter, que se puede cortar! La emoción que generaba la primer materia “realmente médica” era compartida por casi todos en el curso. 

El escenario de la Morgue de la Facultad liberaba adrenalina. En el frente del sector se encontraba un viejo cartel que decía “ En este lugar los muertos se complacen en enseñar a los vivos” y en el salón principal de disecciones, otro cartel recordaba a todos “Seriedad: No te rías: yo fui lo que tú eres y tu serás lo que yo soy”.

Piletones con cuerpos sumergidos en formol, encimados y entremezclados casi obscenamente, los pies de uno en la nuca de otro, la cabeza de uno en las flacas nalgas de otro eran un cambalache irrespetuoso en un abigarrado conjunto macabro donde predominaba el gris amarronado de los cuerpos y el penetrante olor a formol que hería como estiletes fríos en las fosas nasales. En el cuarto de al lado encontrábanse los cadáveres colgados de un gancho, como una versión lastimosa de matadero.
II
El flaco García y su compañero de estudios, el muy gordo y petiso Martincho Stivaletti se encontraban estudiando el programa analítico de la materia en la pensión donde vivia el último. Una casucha que se caía de mugre húmeda, ofrecía habitaciones en una arquitectura “de chorizo”, pieza al lado de pieza, un baño antiguo y en estado desesperante, un largo patio lateral de tierra, con algun árbol y gallinas sueltas por todos partes. Si era temporada de lluvias, los pasillos, el baño y la habitación presentaban huellas de barro y mierda de gallina.
En la pobre mesa cubierta del hule viejo posible, se esparcían los cuadernos, los apuntes, los programas, dos ejemplares destartalados del primer tomo de Rouviere, el mate, un termo, un cenicero y cigarrillos baratos.

“Vamos a necesitar todos los huesos, si fuera posible un esqueleto completo” decía el gordo Stivaletti, maldiciendo por un permanente dolor de cabeza y mareos episódicos. La otra vez, en clase de Histología empezó a marearse y le sangraba la nariz. El médico ayudante de trabajos prácticos le dijo que su rubicundez, sobrepeso y mareos señalaban que estaba muy mal de la presión arterial. Lo mando a hacerse revisar en los consultorios del Hospital Escuela en el mismo predio de la Facultad de Medicina y efectivamente le encontraron valores altos hasta las nubes. El pobre gordo empezó un tratamiento con diuréticos y le prohibieron mucho mate y todos los bizcochitos, claro que eso es como incumplible para un estudiante, que vive del mate y los bizcochos y todos los productos posibles de panadería.

El flaco dijo que estaba en tratativas para que el primo de su novia, que era médico traumatólogo, y que tenía una caja de huesos, se la prestaría. 

Cuando al fin de idas y venidas la caja de huesos vino, se encontraron que faltaban algunos muy importantes para estudiar y difíciles de conseguir. Solo habia vértebras (todas) casi todas las costillas, los huesos largos de las extremidades y manos y pies completos, además de un cráneo. Pero necesitarían el etmoides, el esfenoides, el temporal. Indispensables.

El flaco se enteró que se podía lograr una certificación de estudiante en la Facultad para tramitar en la Municipalidad una nota para que el encargado del Cementerio les autorice retirar piezas óseas del Osario Común.

Así que se aplicaron a lograr el permiso y obtenido el cual eligieron un día que no hubiera mucha gente en el Cementerio para meterse en el Osario y recoger los huesos necesarios. Acordaron que la siesta del lunes estaba bien, porque la gente concurre por lo general los domingos a visitar a sus muertos. No querían ser vistos por inoportunos que se detuvieran a curiosear cuando bajaran al pozo. Quedaron con el encargado que el lunes a las tres de la tarde se presentarían.
III
Fue así que el día y a la hora estuvieron en la portería, con una bolsa de arpillera, una linterna y un par de guantes de goma gruesa. Encontraron al portero en un pequeñísimo despacho, entretenido frente a un destartalado televisor pequeño y con una bolsa de maníes que se vaciaba mientras que de la montaña de cáscaras en la pobre mesita caían muchas al piso descuidadamente y sin que el viejo se inmutara. 

Les entregó una vieja llave de hierro negro correspondiente al candado del Osario y les preguntó si ya sabían dónde quedaba. Martincho Stivaletti respondió que sí, que cuando vinieron la otra vez a traer la nota al encargado éste les acompañó hasta el Osario. Entonces y sin más protocolo les dijo que apenas salieran a la avenida principal, a la izquierda y al lado de los baños encontrarían una escalera larga y delgada de hierro para el descenso al pozo

Se encaminaron cargando la escalera, tomándola cada uno por un extremo, doblando a la izquierda hasta el final y luego a la derecha hasta el final del primer patio. El cementerio tenía tres patios, según fue creciendo la ciudad, se habían extendido los patios. El tercer patio todavía era de tierra, como los camposantos de pueblo y las tumbas eran horizontales, sobre el suelo. Pero el primer patio estaba poblado de un laberinto de callecitas con panteones de cada lado y las pequeñas calles centrales estaban ocupadas por innumerables nichos de muy variado estilo arquitectónico. Claro está que las calles y las avenidas del Cementerio estaban bordeadas de añosos árboles, en general casuarinas cuyas hojas como delgadísimos bambúes producían con el viento unas finísimas sibilancias que sonaban al oído como coros apagados de silbidos de ánima causando un frío en la espalda. Los pinos y las altísimas palmeras alternaban aquí y allá complementando la parquización.

El Osario Común era una muy pequeña construcción blanca en forma de mausoleo, nada más que metro y medio de circunferencia, con ocho columnatas que sostenían un domo redondo, sobre el que posaba un triste Ángel de la Piedad, descascarado y sin nariz, ennegrecido por estiércol de palomas acumulado en incontables años. El pozo estaba cerrado por una tapa circular de hierro, bastante precaria, que remataba en un cerrojo que terminaba en los pasadores del candado. Tenía una profundidad de unos cuatro metros, una construcción en forma de aljibe, que se iniciaba con un túnel vertical de cemento, de un metro o algo así, que formaba cuerpo con la estructura de la base del monumento, y se continuaba hacia abajo en una perforación de tierra hasta el fondo. El pozo en su inicio mediría como ochenta centímetros de diámetro y se ensanchaba a medida que descendía, para alcanzar allá abajo una base cóncava de alrededor de metro y medio.

Servía como destino ultérrimo de los huesos de todo usuario antiguo del cementerio que, habiendo perdido sus derechos a disfrutar de la paz eterna en un nicho o panteón por prolongadísima falta de pago de los impuestos anuales, ya por desidia, ya por ausencia de sus deudos, ya por muerte de los mismos, motivaba que se procediera, previa autorización del Juez de Paz y fracasada la convocatoria a los posibles herederos del finado, a desalojar los nichos y verter los restos al Osario Común. 

IV
El gordo Stivaletti transpiraba y resoplaba. El flaco García le bromeaba que por su gordura no podía ni soportar el peso de la escalera. El otro protestaba que no jodiera, que no se sentía bien, de pronto sentía frío, que estaba molesto. No jodás –decía García- gordo cagón, no te preocupes porque bajaré yo que soy más ágil, me parece que estás cagándote en los pantalones, te estás echando atrás. Abrió el candado y con un poco de fuerza alzó la tapa redonda. Desde el pozo lo saludó un aire caliente y húmedo, de sabor dulzón rancio, como si le bostazara en plena cara un Tiranosaurio Rex.

V
En la portería se producía a esa hora el cambio de guardia. El que llegaba era un hombrecillo diminuto, irritable, de porte ridículo con su pelada y sus gruesos cristales para ver. Le protestó al viejo el desorden en la salita, con el suelo sucio de cáscaras. El viejo se enojó, como todas las tardes al momento del cambio de guardia, de modo que juntó su bolso y salió casi corriendo para no perder el mismo ómnibus que trajo a su reemplazante. El coche hacía un pequeño descanso en la parada al frente del Cementerio, mientras el chofer barría el interior. El viejo había estado tan entretenido con su televisor y sus maníes que olvidó registrar la novedad de la visita de los estudiantes en el libro de la guardia, como también la rabia y el apuro le impidieron pasar la novedad con palabras. Se fue hasta el otro día.

VI
El flaco descendía la escalera, guantes puestos, linterna y bolsa en manos. 

La humedad era tan impresionante como la profunda negrura del pozo. Al descender veía la maraña de largas y delgadas raíces sobresaliendo en toda la circunferencia del túnel de tierra. Un sentimiento de terror se apoderaba del flaco, la lengua seca pisando el paladar, pronto el sudor que producía ese largo, caliente y húmedo útero bañaba su cabeza y su espalda, el pelo largo de Tato le caía en la cara dificultando la visión. 

En el fondo, todo era una masa oscura y blanda donde se le hundían las zapatillas. Barro y huesos formaban una superficie insegura, traicionera, maligna y repugnante. No venía ningún ruído de arriba ni de afuera. Alzó la vista mandándose el pelo para atrás con la mano enguantada y solo veía el redondo blanco de la abertura y el tramo inicial de la escalera. Sopló, tomó aire y empezó a seleccionar los huesos, por suerte había cientos, miles de huesos y fragmentos. García pensaba en el festín de etmoides y esfenoides que se iban a hacer. Podía recoger todos los que deseara para elegir lo mejor, y hasta para vender a los compañeros los que sobraran. Con la linterna en la axila buscaba, revolvía la mugre con ambas manos. Los guantes impregnados de magma barroso y chorreante, metían el tesoro en la bolsa. 
La alegría se le mezclaba con la repugnancia profunda, con la asfixia, con el terror. Mejor no pensar. (Puta madre, el pelo me jode. No me lo puedo arreglar con las manos embadurnadas. Puta madre, esta linterna de mierda que se me resbala. Y el gordo de mierda allá arriba rascándose las bolas. Mejor no pensar, rápido y nos vamos.Dale, dale y nos vamos.)

VII

Arriba el gordo la estaba pasando mal, le había empezado a sangrar la nariz, le chiflaban los oídos con unos tonos bajos, como zumban los abejorros. 
Estaba con rabia por el flaco que lo trataba de cagón. Stivaletti no quería pasarla mal él solo. Después el flaco iba a gastarlo ante los demás en el curso diciendo que tuvo que bajar él solo porque el gordo era un maricón. Sentía rabia mezclada con la cosa rara que latía en la cabeza. (Debe ser otra vez la presión. Se me terminaron los putos remedios anteayer. Carajo. Flaco de mierda. Me voy a vengar, qué mierda. Yo también voy a quemarlo en público mañana con el cagazo que le voy a hacer pasar, ya vá a ver.)
El gordo, confuso y mareado, entrevió la broma que haría. Le subiría la escalera y le cerraría la tapa unos minutos nada más. (Qué mierda. Vá a empezar a gritar como loco. Ojalá pudiera grabarlo. No se vá a olvidar en su puta vida. Ja ja.) Le alzó la escalera y le cerró la tapa.

VIII
El flaco al principio no se dió cuenta. Estaba lidiando con la bolsa de huesos sucios y resbaladizos, las manos parecían calzando grandes guantes negros de box por el barro. Entre los huesos del suelo corrían insectos gigantescos, como no había conocido, no sé si eran grillos u otras alimañas de ocho patas, como langostinos negros que corrían por todas partes. De terror. A la linterna había que sacudirla cada rato porque la luz se puso débil e insegura. (Ya es suficiente. Me voy.) Vió que el redondo blanco arriba ya no estaba. (Que pasó. ¡Gordo de mierda.! ¡¡¡La puta madreeee!!!)


IX
El gordo Stivaletti arriba se estaba muriendo de risa, gozando de su anticipada venganza. Mañana cuando el flaco contara que él era un marica que empezó a echarse atrás, él devolvería otra anécdota más apreciable, cuando dejó al flaco encerrado un minuto allá en el fondo. El gordo se estaba muriendo de risa. Se estaba muriendo de un mareo que le hizo vomitar mientras el aneurisma explotaba en su cerebro como una carga de dinamita que lo catapultó a la calle en que estaba el Osario y quedó seco, la sangre de la nariz, le cubría el pecho. 

Nadie lo supo hasta que a las seis de la tarde pasaron dos albañiles que regresaban del segundo patio, donde construían un panteón. Corridas. Gritos. Vino la ambulancia. Ya era muy tarde. Llamemos a la Policía. Quién será este muchacho. Se habrá caído de la escalera. Pero de dónde. ¿Del árbol éste? Pobre gordo...

X

La tapa del pozo estaba cerrada. Todo parecía normal. No se oía nada raro, salvo el revuelo de arriba. La ambulancia se llevó al exánime Martincho Stivaletti a la morgue del Hospital Escuela. No se podía tocar nada hasta que venga el Juez. 
La llave negra de hierro en el bolsillo de su pantalón era un objeto extraño que ocultaba una historia que no sería contada tal vez nunca, o sí. Vaya uno a saber.

jueves, 16 de febrero de 2012


LOS PASAJEROS DEL ARCA
Eduardo A. Morguenstern
 
Sus manos embetunadas parecían dos voluminosos guantes de box por la pasta de petróleo arcilloso y no pudo sacarse el sudor que caía a mares sobre su rostro y se deslizaba por la copiosa barba blanca. El bueno de Noé se permitió el descanso. Enjuagó sus manos pacientemente con agua y arena y  lavó su gran cabeza. Se sentó a la sombra del arca y comió pan y queso. Miró su obra satisfecho. Estaba en la última etapa. Ahora calafateaba las juntas de madera con lana de oveja y betún de petróleo extraído de las grietas húmedas de las rocas del suelo de Irania.
 
Confiaba en Dios con todo su corazón. Y si el Ángel de YAVË le dijo que no vendrían las lluvias hasta que terminara el Arca y  los reuniera a todos, no había que temer. Miró el cielo azul profundo de Mesopotamia. Gigantes montañas de cúmulus blancos y grises profundos  bailaban vertiginosamente formando cambiantes figuras grotescas. Últimamente alternaban días de violentas lluvias con  otros en que el furioso viento arrastraba las nubes para aparecer un sol aún más ardiente que antes. Muy frecuentemente los truenos acompañaban el ritmo del mazo del improvisado armador naval...
 
Un mes después diluvió y fue la mayor catástrofe planetaria, tanto que fue registrada en todas las antiguas tradiciones de las civilizaciones que hoy se conocen, tanto en el norte como en el sur. Pronto el desierto, praderas y montañas quedaron tras los devastadores torrentes bajo un océano, pero en la gran barca de Noé, su familia, y todas las incontables variedades de granos, raíces y animales que YAVË le permitió reunir estaban a salvo. Pasaron incontables días de una incesante y desoladora lluvia, que parecía que iría  a durar para siempre. Fuera del Arca nada se salvó.
 
O casi nada. Porque –y sin que ninguna tradición de ningún pueblo de cualquier hemisferio lo explique- lograron, de entre los condenados, salvarse los descendientes de TUBALKAÍN, Padre de la Industria y la Técnica, quienes juraron eterna venganza contra YAVË, Noé y su descendencia, al no haberles permitido subir aquel día al Arca. Dañarían o destruirían toda la Creación. Tomarían revancha, tendrían su propio Diluvio...
 
Siglos después, los hijos de sus hijos, (influidos por poderosos egrégores vengativos que habitaban los Qliphot) usaron su inteligencia para la venganza. Llegaron a desarrollar la fuerza del vapor de agua y revolucionaron la Industria (ello llevó a una injusta distribución de las riquezas, por lo que la humanidad en su mayoría se esclavizó o se vendió por necesidad o por ambición). Luego descubrieron cómo liberar la energía del átomo y crearon las bombas nucleares y los ensayos atómicos en los cielos o en los desiertos y las centrales atómicas que producen escapes nucleares como en Chernobyl.  Ello generó otro Diluvio, el de  radiación ionizante y radicales libres de Estroncio 90 y Fósforo 32, que producen cáncer de hueso y de piel y leucemia, y oncogenes letales incontables... La lluvia ácida mata las praderas que mañana serán desiertos y las fábricas vierten sus desechos tóxicos en ríos y mares, alterando los ciclos biológicos. Su eterna sed de venganza aún mata a garrote (para no dañar la codiciada piel) de focas, zorros, armiños y osos. Desarrollaron exquisitas armas de caza menor y mayor para agregar  día por día nuevas especies de animales a la lista negra de “en extinción”. Como marabuntas famélicas dilapidan los bosques de Amazonia para asfixiar al planeta y los aerosoles corroen la capa de ozono para que aumente el calor terrestre en forma incesante. Últimamente han logrado profanar el Templo viviente del núcleo celular, panel de control del Espíritu Santo manipulando los cromosomas “por interés en el desarrollo biotecnológico” y la ingeniería genética genera especies nuevas de virus como el VIH, especies bacterianas y fúngicas que son nuevas y resistentes (se pregona su uso biomédico, pero no que tendrán uso bélico genocida) y se desarrollan clones que darán lugar quiénsabe a cuantas especies ni para qué ni con qué usos...
 
Mientras tanto, los hijos de los hijos de Noé, ensayan mejorar Arcas Galácticas y los nuevos pasajeros del arca, genes de todas las especies vegetales, animales y humanas, viajan por el espacio buscando un horizonte de promisión, proa a la Esperanza...
 
 
                                                                           


A VECES LOS RECUERDOS...

Algunas veces me distraigo y los recuerdos saltan la cerca del corral donde pastorean mientras yo tranquilamente los olvido.

Salen y sé que vagan por ahí, por donde gusten. Algunos pueden llegar a mí y si estoy distraído entran y se hacen notar.

Algunos son alegres, vivaces, me hacen sonreír y mirar lejos, como quien oye una débil musiquilla...

Otros son tristes, que vienen a buscar mis caricias, o mi consuelo o mi aprobación.

Otros pretender ser furiosos, pero su furia ya está pálida, gastada, flaca y no es creíble.

No les permito recordar mucho por ahí. ¡Cucha! ¡Cucha!
Les mando luego rápido al corral. No es bueno que se acostumbren a saltar la cerca e irrumpir nomás cuando estoy ocupado. Un buen recuerdo debe ser obediente: venir cuando se lo llama e irse cuando se lo echa.

Solo el recuerdo de Ella, a quien tanto amé y con quien viví tantas cosas bellas me invade de tanto en tanto. Lo oigo aullar desde su lugar como perro encerrado que quedó sin el amo, siempre llamándome. A veces me taladra. A veces salta y viene a mí a buscar consuelo ¿Crees que a consolarme?
Le gusta saltar la empalizada y correr a mí, aunque sea un rato, esperando tal vez que no me enoje. Suele irse solo, como con la colita entre las piernas...

A veces me acuerdo de ese recuerdo que me reclama y me apeno...
EDUARDO MORGUENSTERN

LA VIOLONCHELISTA



Me ha vuelto loco. Al conocerla, impregnó mi mente con su imagen y pronto fue una obsesión. Nos presentó el Director de Orquesta cuando descansábamos del ensayo en el patio del Conservatorio, bajo el duraznero. -“La nueva violonchelista”- me dijo.

Trajecito violeta pálido, camisa blanca. Fina cinturita destacada por la corta chaqueta. Bajita, piernas perfectas, pelo sedoso azabache sujeto atrás con un palito de ébano. ¡Ah, su rostro de ángel caído! El sesgo de sus grandes ojos, de corte oriental, en conjunto se parecía a una versión nipona de la Divina Lakshmi.
Con un mirar poco inocente, osado, penetró como un puñal hasta los más recónditos rincones de mi alma. Sé que adivinó el efecto que provocó en mí. Sus ojos de miel prácticamente reían mientras devoraban mi alma... Su perfecta nariz pequeña le agregaba una gracia muy especial y su boca... ¡Ah, su divina boca! Sus carnosos y sensuales labios, tan tentadores, literalmente prohibieron desde el inicio a mis ojos desviarse de aquella maravilla estética. Así era de bella y atractiva.


Ella poseía al chelo, pero también era absolutamente poseída por él. Lo aprisionaba entre sus monumentales piernas de veinticuatro años con total majestad y dominio. Entrelazados en un solo ser, el instrumento, con la seguridad viril de un avezado bailarín de tango, le hundía sus combados flancos en las misteriosas sombras de la entrepierna, que yo presentía tan tibia como deseable, mientras que los sabios y femeninos dedos de ella o se clavaban en el robusto mástil de él, o se deslizaban felinamente por la extensión con un erotismo indescriptible. Ella, embriagada en un placer ritual, entornaba los ojos, entreabriendo la boca y exhalaba su húmedo aliento sobre él, al tiempo que el chelo le ronroneaba con voz su ronca y perversa, diabólicamente magnética, en esos "solos" de ensueño que ella, solo ella era capaz de lograr.

Fui su absoluto, su secreto esclavo de día o de noche, desde el primer instante.

De día era su amigo. Me concedía predilección. Mis cuarenta me daban una apariencia confiable o reservada. Me contaba sus cosas, parecía tan cándida, tan tierna como sus veinticuatro podían serlo. Teníamos una, diría, dulce, ingenua intimidad. En los descansos, sentados bajo el viejo duraznero, mi amor por ella era arrollador, apasionado y loco, pues no encajaba esa imagen suya con lo que ella encarnaba en mis alocadas y permanentes pesadillas nocturnas...

Pues en las noches sueño siempre con ella... Allí despliega su inmensa maldad con satánico sadismo. Allí me horroriza y tortura hasta el delirio. Con pecaminosas caricias y prohibidos besos alimenta en mí la lujuria y avidez más intensas, para luego reírse locamente, con brujescas carcajadas, arrojándome al rostro todo su desprecio. 

Y despierto frenético, empapado, humillado, derrotado... sólo para enfrentar la renovada, la gloriosa penuria de volver a verla en la mañana, en su versión aparentemente inofensiva de una muchacha más, simplemente hermosa, que nos hipnotiza con las voces que logra extraer de su violonchelo... 

Ella se apoderó de mí. Vive en mí. De día y de noche

Eduardo Morguenstern 
 

ODAS A MARIANA 1.
Mariana lejanías
Mariana en el viento fresco de una tarde primaveral
Mariana en la dorada incandescencia del poniente
Mariana y los caracoles en las rocas costeras
Mariana con el pelo que flamea al viento, bandera de libertad
Mariana esperanza
Mariana risas y sonrisas inocentes
Mariana y las aves que sobrevuelan la playa
Mariana y el alegre cotorreo de los periquitos en las palmeras
de la costanera
Mariana patinando rollers pensando en no sé qué
Mariana horizontes de paz
Mariana prados verdes a la vera del río con niños que corren
despreocupadamente
Mariana arco iris luego de la lluvia sorpresiva
Mariana y los caballos
Mariana y mis suspiros
Mariana mi amor
Mariana mis desvelos
Mariana que me empuja hacia dios
Mariana que no tiene alegrías
Mariana en telarañas de ensueño, en laberintos húmedos.
Mariana miedo en el ocaso solitario en pleamar
Mariana de ojos de cristal de roca
Mariana de ojos aguamarina
Mariana de los fuertes y más fuertes abrazos
Mariana, florece de una vez, elévate, ave de luz, trina al nuevo amanecer...

                Eduardo Morguenstern 

ODAS A MARIANA 2


Cierro los ojos para ver en la luz cegadora de mi alma
tu rostro virginal, Mariana.

Cierro todas las puertas, las ventanas, los respiraderos,
para que no se escape tu olor a violetas, Mariana.

Permanece así, como te veo, libre, que no te alcance
la tentación, lejana, como un manojo de estrellas,
mi Mariana.

Cuando aparece el lucero en la mañana
soñolienta aun, fresca, temprana,
estás ahí, inalcanzable,
ahí, Mariana.

Cuando el sol en el poniente apaga
en horizontes sus rojos resplandores
y vuelve el lucero de la tarde
otra vez límpida y tibia tu luz,
tu luz, Mariana.

Te cantaré mis odas
durante cien siglos y más,
hasta que vuelvas, sueltos los lazos que te atan,
entre cuatro mil ángeles guerreros
y cuatro mil serafines que cantan,
y cuatro mil arcángeles, arqueros celestiales
que miles de flechas de luz azul disparan,
cantaré por tu regreso en gloria
por más de cien siglos,
te cantaré mis odas, Mariana.

Eduardo Morguenstern


ODAS  A  MARIANA  3

Mariana viene,
viene triunfando
montada en un blanco pegaso,
las crines parecen un fuego al viento,
un fuego albo.

Mariana ríe,
ríe y la vida goza su risa
como gozó la vida con la primer risa
de la primer muchacha
que en un pegaso zurcara el cielo.

Mariana viene triunfando
y la vida goza con ello
y ríe la vida su gozo
con el retorno.

Mariana está volviendo,
detrás de ella queda el desierto.
Detrás, una lágrima.
Detrás, no recuerdo.  

               Eduardo Morguenstern

RENFIELD


RENFIELD
Eduardo Morguenstern

En agosto comencé a trabajar en la clínica psiquiátrica del Dr. John Seward en Whitby. 
Regresando de París luego de entrenarme por tres años con el maestro Charcot y luego de otros dos años en Berlín aprendiendo del profesor Karl Wernicke, tenía gran entusiasmo por iniciar mi carrera como psiquiatra en esta ciudad.
Una antigua fábrica de hilados refaccionada hacía unos 15 años en la céntrica esquina de Grove Street y North Road lucía una gran placa de pulido bronce anunciando su denominación de “Whitby Psychiatric Asylum”
Fue en esa clínica donde conocí a Richard Marcus Renfield. 
Se trata de un hombre de cincuenta y cinco años, que demuestra haber tenido una complexión atlética, de una altura mayor que el promedio, aunque su físico está notoriamente deteriorado por el encierro y la muy deficiente alimentación, ya que desprecia la mayor parte de los alimentos que se le acercan. Su rostro es demacrado, anguloso y pálido, las profundas arrugas muestran, más que el paso del tiempo, el efecto de las ansiedades que torturan a su alma atormentada. Sin embargo, se puede decir que aún así sus rasgos son de una delicada belleza viril. Una frondosa cabellera blanca, con reflejos violáceos realza el límpido azul de sus grandes ojos algo rasgados, su boca amplia y de finamente trazados labios, la nariz recta y afinada equilibra estéticamente el conjunto. Su porte general parece más apropiado a un hidalgo venido a menos, o a un director de sinfónica fracasado o a un patriarca religioso abandonado por sus seguidores. 
Pude saber que Renfield había estudiado en el Real Colegio de Ingenieros Navales, aunque fue expulsado por rebeldía a los dieciséis años. Sin embargo sus estudios de Liceo le permitieron luego ser incorporado a la Armada Real y se destacó por su heroísmo durante la Guerra del Opio en China en 1864 habiendo recibido la Cruz de Servicios Distinguidos.
No siempre es posible abordar a Richard Marcus Renfield. Su cuadro de monomanía cíclica se exacerba al infinito en las épocas de plenilunio, en que es presa de un verdadero estupor en un marco de súplicas vehementes a alguna entidad que capta en su alucinación en un conjunto de incomprensibles rituales y conjuros, a menudo en idioma incomprensible, precedido por el colmo de las extravagancias que posteriormente ilustraré. Pero pasado el período, y gracias a la acción sinérgica de importantes dosis de belladona y de bromuros, precedidos de repetidas sesiones de balneoterapia (chorros de agua a alta presión) a temperaturas frías o muy frías y en casos acompañadas de electricidad controlada, se duerme luego de intensas convulsiones y despierta tranquilo nuevamente, aunque muy debilitado. Últimamente en la clínica se está probando la moderna silla de Barany que realiza rotaciones enérgicas de hasta 30 revoluciones por minuto a izquierda y a derecha, que calman a los agitados, quienes se desmayan en los primeros minutos.
Pero cuando sí es posible entablar conversación con él, sus aportes son harto interesantes. Sus conocimientos navales son aparentemente infinitos. Domina unos siete idiomas, entre los que se encuentran el ruso, el rumano magiar, el búlgaro, el francés, el portugués, el alemán, el latín y el griego. Conoce muchísimo de historia universal, filosofía y mitología egipcia, india, griega, y china. Mucho me sorprendió descubrir en él a un erudito en historia antigua, historia del arte, física, fisiología, psicología y especial afición por la alquimia y la astrología. Se confirma una vez más que el genio y la locura son hermanos gemelos.
Cuando lo conocí tardó un tiempo de dos meses en aceptarme como interlocutor, pero gracias a mi perseverante y amable interés sumado a la gran paciencia que he aprendido deben tener los psiquiatras, respetando los tiempos a menudo exasperantes que se toman algunos lunáticos para admitir a otro en su exclusivísima área de interés, llegó el momento de estrechar su mano. En ese momento tuve la máxima sorpresa al reconocer su condición de masón y su grado de maestro por el toque. Mi respuesta al toque dado como casual, seguramente colaboró en la aceptación de mi persona al principio, pero especialmente después de identificarme como francmasón , confió en hacerme detalladas confesiones que de otra manera hubiera guardado celosamente en las profundas reticencias de su laberíntica concepción del mundo tan propia de las psicosis. 
A propósito de haber tocado el tema de los masones, debo agregar que Renfield y yo además compartimos el hecho casual de haber conocido al escritor de novelas Bram Stoker. Stoker ingresó a la masonería en la Gran Logia de Irlanda y ha escrito en los últimos años una serie de obras de teatro que le permitieron ganar creciente celebridad. Hacía unos diez años que vivía en Londres, formando parte ahora de la Golden Dawn in the Outers, una superlogia de orientación mágico-gnóstica a la que ingresan masones del grado Rosacruz en adelante. Yo tomé contacto con él de casualidad en Whitby, donde Stoker acostumbra a veranear. Lo encontré en la Biblioteca local. Estaba interesado en documentaciones históricas del acantilado de occidente, llamado “El pico de las brujas” por sus cercanías a las ruinas de la Abadía de Cairfax y la Iglesia de Santa María, especialmente de su cementerio. 
Renfield lo conoció cuando ambos visitaban la Logia Londesborough en Yorkshire algunos años atrás. En tal oportunidad habían iniciado una serie de charlas, coincidiendo ambos en su interés por la Masonería del Rito de Swedenborg y sus temas herméticos sobre la vida en el “más allá”, el cielo y el infierno, el espiritismo y la posesión, los misterios de la sangre como vehículo del alma, la reencarnación, las técnicas de invocación de espíritus, magia blanca y negra, los recónditos aspectos de la Psicología y la hipnosis, que actualmente estan publicando los doctores Bernheim y Charcot en Alemania y Francia, respectivamente, a partir de los desarrollos de otro masón, Franz Mesmer en el siglo XVIII, pero Renfield ya conocía a fondo las técnicas desde sus estudios en egiptología y nigromancias. A propósito, Stoker le comentó de sus lecturas de las Actas de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres, que recluta a los muy conocidos A. Conan Doyle, Sir William Crookes, y Sir Frederik Myers entre otros notables de la época. También estudiaba cuanto podía sobre el fenómeno del espiritismo que en estos años motiva a tantos notables, interesados más en el mundo de los muertos que en el de los vivos.
Stoker parecía interesado en recolectar material para una publicación que preparaba, sobre la que no mencionó mucho más.
Puedo decir que estas largas entrevistas mantenidas con Renfield me percataron de su vastísimo conocimiento en el aspecto más profundo de los fenómenos “espirituales”, que la ciencia oficial recién está explorando, lo que me extrañó profundamente, pero al mismo tiempo, demuestra erudición en las llamadas ciencias ocultas. Si bien el conjunto de sus saberes representa para mí una muy grande tentación a escucharle y aprender de sus experiencias, no debo olvidar que para mi trabajo como psiquiatra, lo único importante es estudiar el modo en que tanta información pudo derivar en la parafrenia que ahora ostenta, al parecer alimentando el vigor de sus delirios fantásticos y alucinaciones que desbordan cada vez que la luna entra en la fase de luna llena.
Indiscutiblemente existe una relación entre la luna llena y los fenómenos psíquicos. Se acentúan los impulsos feroces de los locos y son capaces de actos aberrantes llenos de maldad. Desde antiguo se sabe que esta fase de la luna se corresponde con comportamientos criminales, y la mitología abunda en datos acerca de que el mal obedece periódicamente a las fases lunares. En los tiempos de los griegos y los romanos, se creía comúnmente que algunos hombres podían trasformarse en animales y que, en las noches de luna llena, podían tomar forma de lobo a causa de prácticas mágicas negativas o por efecto de entidades malignas que se adueñaban de su voluntad. Sensitividad y locura, nacimiento y muerte, están estrechamente vinculados con el ciclo lunar.
Básicamente se puede afirmar que el tema principal del delirio polimorfo de Renfield es el de la inmortalidad. Muchos de los temas del delirio se nutren de sus conocimientos ocultistas y egiptológicos. La simple afición a estos temas como materia de estudio no permite considerar al interesado en delirante. Ni aún al que crea en ellos, pues aquello que muchos creen simplemente, por disparatado que pueda ser para otros, no puede tildarse de “delirio”. Simplemente constituyen un “sistema de creencias populares”, pero cuando lo que se cree no tiene consenso, y es para todos un tema fantástico que desafía lo razonable y no es contrastable por demostraciones lógicas, e impregna la inteligencia del sujeto como una verdad a la cual se adhiere fanáticamente condicionando el comportamiento, establece lo que la psiquiatría denomina propiamente un “delirio”.
Justamente esto ocurre con mi paciente. Los muy extravagantes comportamientos que derivan de sus “verdades”, a las que adhiere en forma irreductible, con una convicción que no le permite siquiera un mínimo resquicio para la duda en ningún aspecto, constituyen una construcción psicótica. El polimorfismo de su delirio se ve en el entrelazamiento de distintos temas, todos ellos unidos en una cadena de silogismos ilógicos, donde mezcla aportes de ciencias formales como la fisiología, la psicología –diría- medieval y la física de la energía, en una trama aquí y allá asentada sobre bases teóricas científicas aceptables para el saber académico, con otras provenientes del folclore, la mitología o la religión y la religión, que, como todos aceptamos, constituyen un saber dogmático y muy opinable.
Durante la luna llena se produce una verdadera transformación de Renfield en otra persona. Toda su conducta es la del alucinado. No responde a ninguna intervención de personas, no acepta alimentos, no responde a lo que se le pregunta, rehuye la higiene, y especialmente es peligrosísimo acercarse desprevenidamente a él, pues se corre el riesgo de ser atacado mortalmente. 
Realiza entonces rarísimas liturgias, incluyendo prácticas deleznables con animales que son atraídos a su celda por algún encantamiento muy difícil de describir: arañas, moscas, cucarachas, ratones y murciélagos propios del Asilo, pero también pájaros y gatos que entran desde la tarde por su ventana. Parece ser que logra que unos se coman a otros. Alimenta a las arañas con moscas, a los pájaros con arañas que se habían comido a las moscas, a los gatos con los pájaros y así sucesivamente. Finalmente y con gran horror de enfermeros, sirvientes y el mío propio, sacrifica luego a los gatos y los ingiere, recitando oraciones en lenguaje para todos desconocido. Su voz es entonces suplicante, con un tono dócil afeminado. Entona himnos incomprensibles en susurrantes cánticos que por la musicalidad parecen el de un enamorado. Como he dicho, no se debe interrumpirlo en estos momentos, pues la furia despertada es incontenible y de muy alta destructividad, golpeándose despiadadamente la cabeza contra la pared hasta desmayarse o convulsionar en un poderoso ataque epiléptico. Queda luego desvanecido por una o más horas, antes de pasar a un sueño sobresaltado, como si soñara diabólicas pesadillas. Tarda en recuperarse días y pierde el poco peso que pudiera haber recuperado.
En una de las pláticas que a veces manteníamos, hablando de su tema favorito, la inmortalidad, me decía que de acuerdo al conocimiento oculto, el alma humana reencarna sucesivamente durante millones de años para despertar su conciencia completamente y dominar todos los poderes del espíritu. Cuando el más completo “despertar” se produce, se alcanza un nivel evolutivo en que el espíritu humano puede liberarse del ciclo de reencarnaciones. De ahí en adelante puede seguir aprendiendo en otros planos del universo muy alejados de la evolución humana, sin un cuerpo físico, sino en cuerpos espirituales. Pero ya en estos elevadísimos niveles evolutivos llamados Iniciaciones Superiores, si se prefiere, en lugar de seguir progresando hacia “arriba”, el Adepto puede elegir continuar en la Tierra revestido de cuerpo humano, ahora inmortal o prácticamente inmortal, para ayudar, como guía de la humanidad, a los buscadores de la Verdad que vienen “atrás” o “abajo”.
En este nivel, me enseñaba, se llaman Nirmanakayas. Estos han sido conocidos en la historia como fundadores de religiones o altos seres que han traído de tanto en tanto al mundo enseñanzas perdurables, como por ejemplo Rama, Pitágoras, Krishna, Buida, Jesús. Muchos otros se mencioan en la Biblia, como Matusalén, Noé, etc., que se dice que vivieron varios cientos de años, ya que dominan las técnicas de la conservación material perfecta, prácticamente no toman alimento físico, alimentándose de algo conocido como “soma” o “pan de vida” (no quiso hablar mucho de ello), que se obtiene a través de misteriosas transformaciones psico – alquímicas. 
Así, decía, se ha visto aparecer a personajes con el mismo cuerpo a través de épocas históricas muy alejadas entre sí. Citó al Conde Cagliostro, al mítico alemán Christian Rosenkreutz, supuesto fundador de la Orden Rosacruz, y al Conde húngaro Rakozi, que parecían haber vivido en el siglo XII pero que también participaron en la revolución francesa el siglo pasado. Yo conocía las leyendas de vida perdurable de estos personajes, pero nunca había prestado mucho crédito a lo que de ellos se decía. Por ejemplo, de Christian Rosenkreutz y de Rakosi se decía que eran la misma persona, y que ambos formaban parte de una supuesta Gran Hermandad Blanca que con otros Maestros gobernaban la evolución del planeta, escondidos en algún lugar de los Himalayas o del Desierto de Gobi, en un lugar mítico llamado Shamballah. 
Creo que Renfield se permitió hacerme tales comentarios por dos motivos: ambos compartimos la membresía a la Fraternidad Masónica, por ende, sabe que yo estoy obligado permanentemente al secreto. Sabe que siendo yo un iniciado en los niveles “simbólicos” puedo llegar a entender de qué me habla y a qué se refiere en general al tocar temas esotéricos, alquimistas o místicos. El otro motivo que me va quedando claro es que necesita un aliado que pueda salir del Hospital, cosa que a él no le está permitido. 
Me parece que él desespera por reunir ciertas condiciones que le permitan “pasar una prueba” iniciática en los planos internos del ser y empecé a atisbar que con ello se relacionaban sus rituales de Luna Llena. 
Alguna vez me refirió que contactaba en forma telepática con alguien que él considera “un Elevado Maestro ” del “Camino de la Izquierda”, un nigromante húngaro, un Conde que decía provenir de la nobleza húngara del siglo XV, descendiente de Vlad III, o Vlad Tepes (el empalador). Me informó Renfield, que aquel había sido un príncipe voivoda o líder militar muy famoso que defendió a Hungría de los ataques otomanos, aunque de un modo siempre brutal. Era tal el ensañamiento del personaje con sus enemigos, refería Renfield, que llegó a dar muerte con la terribilísima tortura que le valió el mote, que consistía en introducirles una larga lanza por la entrepierna hasta salir por el cuello, a varios cientos de miles de desgraciados. Ello significó que el Nuncio Papal lo excomulgara y perdiera así su pertenencia a una Logia Alquímica Cristiana, que presidían ciertos monjes benedictinos neotemplarios. 
Vlad III resentido, juró venganza contra el Dios de los cristianos y sus exponentes religiosos, convirtiéndose en blasfemo y odiando y maldiciendo la cruz. Prosiguió sus prácticas, ahora orientadas a la hechicería, en cenáculos gitanos y alguna secta árabe, alcanzando increíbles poderes en la Magia Negra. Desde entonces, su poder crecía paralelamente a su enorme maldad. No vacilaba en empalar a pueblos enteros, siendo sus torturas exponentes de la mayor crueldad registrada en la historia. Organizaba festines y banquetes en los bosques en que empalaba a enemigos, disidentes, pobres, tullidos, leprosos, ya fueran hombres, mujeres o niños, mientras bebía copas de sangre para horrorizar a sus vasallos.
Renfield aseguraba, lo que me parecía el colmo de la sinrazón, que su Maestro y amo, como se refería a aquél, era uno de esos “inmortales” y que pensaba seriamente en que no era un descendiente de Vlad III, sino el tirano en persona, desafiando la muerte, por más que los datos que se tenía afirmaran que Vlad Draculea III murió en batalla en 1476, siendo su cuerpo enterrado decapitado. Renfield aseguraba que aún así se las ingenió para restaurar la cabeza al cuerpo, pues su cuerpo hasta ahora no ha sido encontrado y lo único, según su teoría, que obligaría a un inmortal a renacer sería el hecho de que se le cortara la cabeza pero clavando además una estaca de fresno en el corazón y llenarle la boca de dientes de ajo. ¡Obviamente, el colmo de lo fantástico!

Richard Marcus Renfield dijo haber tomado contacto con su Maestro en alguno de sus viajes a Europa Oriental. Según la descabellada versión del psicótico, en una misteriosa iniciación recibida directamente del húngaro, aprendió a dominar la ciencia la evocación telepática y astral de vivos y muertos, lo cual era mucho más fácil en época de luna llena. De este modo, explicaba mi docto paciente, recibía lecciones del Mago, quien pretendía establecerse próximamente en esta ciudad. Renfield tenía que prepararle el camino para ello, pero tenía el serio inconveniente de su internación en este asilo de alienados ordenada por el Juez cuando un año atrás los vecinos lo denunciaron por extrañas y sospechosas maniobras en el Cementerio de Whitby. 
Renfield me confesó que últimamente su amo lo torturaba mentalmente reprochándole su torpeza que provocara la presente internación obstaculizando la misión encomendada. Para su enorme poder nada era imposible, le decía, y la comisión ordenada no era sino una oportunidad más que le era ofrecida para trabajar a sus órdenes y ganarse infinitas delicias tan próximas como eternas. 
Le inquirí sobre los detalles de su accionar nocturno en el Cementerio local. A duras penas comentó que precisaba doble material para sus preparaciones mágicas. Debía cargar buena cantidad de tierra del cementerio para acumularla en la casa que alquilaba. Que ello lo venía haciendo sin mayor problema. Pero lo arriesgado y por lo cual se lo condenó consistía en robar hígado y corazón de criminales que en alguna fecha reciente hubieran sido condenados a muerte por la justicia. Sorprendidísimo y asqueado por el insólito comentario, dije que tales acciones eran más que criminales y malditas, prácticas tanatofílicas de satanismo y hechicería. Me respondió airadamente que sólo desde la ignorancia supina de los patanes, aún siendo médicos, podía hacer tales afirmaciones tan aberrantes, pues sus prácticas se sustentaban en conocimientos milenarios que difícilmente podrían ser conocidos y comprendidos por el vulgo, y que la ciencia en el futuro daría por válidas para el tratamiento de muchas enfermedades y la prolongación duradera de la vida.
Aproveché su desusada locuacidad para preguntar más y más. Durante las respuestas que me prodigaba, parecía transformarse, rejuvenecer. Lucía apasionado, vital, su rostro se encendía y el tono de su voz hacía el discurso interesantísimo. 
Me enseñó que la vida biológica provenía de lugares cósmicos de incalculables distancias y tiempos siderales, prácticamente infinitos e inaccesibles a la humana imaginación. Que la muerte no era sino consecuencia de un error moral ancestral en la humanidad. Que en épocas tan pretéritas que se pierden en la noche de los tiempos, el hombre era inmortal, que había sido programado para la inmortalidad. Que la ciencia de la inmortalidad se perdió por los errores conceptuales de los Atlantes, que ya empezaron a morir, sin embargo alcanzando edades de entre 400 y ochocientos años, como mencionan los mitos de distintas culturas. El tiempo de vida se fue acortando progresivamente en adelante, merced a los deleznables errores de interpretación y las patrañas inadmisibles de las religiones oficiales. Citaba al libro de Enoch, recientemente editado en 1842, el Libro de los Muertos egipcio y otros libros oscuros, malditos y sobrenaturales que versaban sobre grimorios medievales, de origen iraní, unos, y chino, otros, que según él daban pistas ocultas de inestimable valor en el tema de la vida del más allá y de cómo vivir casi indefinidamente acá.
Se refería a la reencarnación como una realidad irrebatible. Decíame que tanto en el corazón como en el hígado existe un átomo eterno que se trae en cada humana encarnación, que archiva toda la experiencia que el alma inmortal ha ido aquilatando a lo largo de los eones transcurridos en cada vida vivida dentro de un cuerpo físico. Era imprescindible alimentarse de esos átomos antes de los tres días de muerto el cuerpo, porque luego eran llevados por el alma formando parte del “cordón de plata” que conecta el alma y los cuerpos sutiles al cuerpo físico. Admito que yo escuchaba atemorizado pero maravillado a la vez estos relatos. Sé muy bien que los delirios subyugan cuando son parcialmente verosímiles por los sesudos caminos explicativos para cada paso, no siendo raro que los paranoicos y los parafrénicos “contagien el delirio” a quien escucha tales cantos de sirena. Temía por mi propia salud mental. Me maravillaban tanto el caudal de conocimientos del loco como la posibilidad de que lo que tan fervientemente creía pudiera ser verdad.
Realmente debo admitir que luego de estas raras ocasiones en que Renfield se muestra tan comunicativo, sus historias tan extrañas producen en mí una indescriptible ansiedad y mis sueños son luego perturbados por temas macabros, de muerte, de sarcófagos, de canibalismo ritual, de vampirismo. Sueño entonces con el diabólico Vlad bebiendo sus copas de sangre con sus capitanes, en aquellos bosques del horror, rodeados de cientos de hombres, mujeres y niños clavados en palos que les penetran por abajo y les salen por el pecho, gimiendo agonizantes, muriendo horrorizados, en medio de la algarabía caníbal del bárbaro voivoda. Entonces me despiero bañado en sudor y gritando el nombre de Renfield. Otras noches no concilio el sueño y se me presenta obsesivamente en la imaginación la sombra del loco en las oscuras, temibles noches en el Cementerio, robando hígados y corazones, para cenarlos en medio de los misteriosos y malditos rituales domésticos... Es más, para mi propio horror, he empezado a sentir a mi alrededor en el solitario dormitorio, fruto tal vez de mi desordenada imaginación inconsciente, una ominosa presencia invisible pero densa, casi real: el Conde, el Maestro diabólico de Renfield, a quien no conozco ni conocería jamás, al menos eso ruego, como una burlona e influyente sombra que parece intentar morderme invisiblemente en la garganta. Siendo por naturaleza y por profesión escéptico, oprimo entonces mi medalla de plata con la escuadra y el compás de un lado y el triángulo sagrado con el Ojo de Dios del otro lado, que cuelga de mi cuello. Sí, confieso que ayer he comprado un crucificado de plata para mi mesa de luz.
En mi entrenamiento con Charcot aprendí las técnicas de hipnosis. El sabio francés decía en sus clases en La Salpêtrière que se establecen vínculos telepáticos entre el operador y el paciente en y luego de la hipnosis. No es para nada imposible que dada mi fascinación cuasi hipnótica en la escucha de Renfield yo esté captando fragmentos de su inconsciente y heredando sus fantasmales contenidos. Ello explicaría mis pesadillas y la captación involuntaria de la sombra temible de su Maestro húngaro. Temo desarrollar una obsesión, pero evidentemente estoy presenciando en mí sus gérmenes. 
Admito que Renfield no modifica sus delirios. Hace un par de meses estoy probando en él un licor de extractos de raíces de una planta recientemente traída a Inglaterra desde la India, la Rauwolfia Serpentina, usada milenariamente para tratar la locura. Si bien se advierten los efectos sedantes, no parece afectar su potente delirio. Deberé experimentar a mayores dosis, pero las treinta gotas dos veces por día parecen sólo soporizarlo sin afectar sus manías rituales. 
El profesor John Seward me comunicó que piensa relevarme de la asistencia de Renfield. No aprueba mis ocasionales charlas con él, no ve que progrese y en eso estamos de acuerdo. Le rogué me asigne un tiempo más. Seward está muy preocupado porque Lady Lucy Westenra, prometida de su buen amigo Lord Godalming está sufriendo una enfermedad muy debilitante que se acompaña de conductas histéricas llamativas. La dama sufre raptos lujuriosos hasta el escándalo en estado sonambúlico, y escapa por la ventana del dormitorio para pasearse casi desnuda a la luz de la luna en el jardín frondoso de la mansión. Despierta, su comportamiento es, me dice, cada vez más caprichoso y su estado empeora. Le ofrecí visitarla, refiriéndole mis experiencias sobre casos similares en el hospital francés durante mi entrenamiento con Charcot. Es propio de las histerias el desvarío sexual. Seward prefiere preservarla de la intervención de médicos “novatos” pues no desea dar trascendencia externa al caso que involucra a la prometida del Lord. El comentario me ofuscó profundamente, pero cuidando el empleo evité en lo posible demostrarlo. Dijo que probablemente Lucy quedó impactada cuando hace un mes presenció en el puerto de Whitby el encallamiento de un barco de ultramar que traía muerta su tripulación y el timonel atado y sin vida al timón. Recuerdo haberlo leído en el periódico, pues el hecho despertó la alarma policial. 
Anoche los celadores me despertaron dos horas antes del amanecer. Sus gritos me sacudieron del espantoso sueño que estaba teniendo. 
Soñaba que un repugnante pájaro nocturno del tamaño y el aspecto maléfico de los buitres pasó por mi dormitorio mientras dormía y yo luché desesperadamente por despertarme, pero mis párpados parecían clavados a mis ojos, como mi cuerpo parecía clavado a la cama, aterido de un frío de muerte. El pájaro repugnante atravesó la habitación y saliendo por la ventana abierta ganó el espacio abierto del patio volando hacia la celda de Renfield para ingresar por su alta ventana. Creo haberme desmayado en el sueño, mientras los golpes y gritos en mi puerta lograron despertarme. 
Los celadores me comunicaron la muerte de Renfield. Cuando corrí por los pasillos hasta su celda, encontré su cuerpo yaciente en el lecho. Una sonrisa de paz parecía dibujarse en su boca bien delineada. No era aparente en ningún modo la causa de su muerte. Una mano cerrada sobre su pecho apretaba fuertemente un medallón que con cadena de plata colgaba de su largo cuello. Se veía en relieve la figura de un dragón mítico, cuya larga cola describiendo un anillo circular sobre la figura, daba tres vueltas sobre su propio cuello. Cubriendo la espalda del glifo, una capa militar tenía grabada una espada curva de la Europa Oriental, con la parte del mango en forma de cruz templaria. En latín, un círculo de letras góticas decía: Draconis Ordine (Orden del Dragón ) . 
Ayer sepultamos a Richard Marcus Renfield en el Cementerio de Whitby. Estuvo el Ministro de la Parroquia vecina, dos celadores del Asilo, la bibliotecaria y yo, su médico. Seward hoy no concurrió al Asilo, muy ocupado con el caso Westenra. A propósito, ayer consultó a su maestro, el psiquiatra holandés Van Helsing, reputado en síndromes raros, para recibir su opinión. 
Nunca volví a conocer a nadie como Renfield, enfermo mental o sano, tan extraordinariamente versado en tantas diferentes disciplinas. Realmente un erudito, un ser fuera de lo común. Me retiré del Cementerio hacia el Asilo, llevando como un recuerdo material de su persona, a quien aprendí a querer, admirar y respetar, su medallón con la estampa del Dragón. El “Drakulea” de plata.