Mensaje de bienvenida

En esta sección se ofrecen algunos cuentos de mi autoría. También encontrarás poemas, ensayos y opiniones varias. No pretendo "saber" escribir, más allá de lo aprendido en la escolaridad primaria y secundaria. Tampoco, advierto, tener "un mensaje" que trasmitir, pues creo que ya está escrito todo lo importante que deba decirse y que ello parece exigir una preparación o erudición de la que carezco. Me cae bien aquello que escribió Anthony de Mello en el "Canto del pájaro" y que dice algo así como que el pájaro canta porque es su naturaleza cantar, y no porque tenga un mensaje que trasmitir.

En mi caso, libre de decir que no asistí a clase alguna de escritura, lo hago, sin embargo, impelido por la tenaz presión de locos dáimones internos, que moran desordenadamente en los mundos infiernos de mi inconsciencia, contra los que pese a mis honestos esfuerzos nada consigo para evitarlo o poner algún orden. ¡Quién puede hacerlo!

Tal vez haya algo que pueda entretener al lector, tal vez sirva a algunos para ensayar la crítica, tal vez a algunos le resulte agradable alguna producción. Ninguna de esas opciones constituyen una meta por mi parte.

Serán valorados y muy respetados los comentarios que se envíen, cuando sean decorosos. Reciban mis deseos de paz y de todo lo mejor.

EAM.

jueves, 28 de junio de 2012

EL CHASCO DE IDIGORAS - CUENTO.


Idígoras sabìa que agonizaba. Asfixiándose en su minuto final con el hocico dentro de la mascarilla de oxígeno, amarrado en cables y tubos de látex en su camilla de Terapia Intensiva, pasaban por su mente agitada ramalazos de ideas desordenadas.
Sabía que moría.

Escéptico y pragmático, siempre se jactó de ateo. Nada hay después de la vida. La conciencia se apaga, como una luz, y no queda nada. No había, decía, ningún  más allá.

Ni los rezos ni novenas de estúpidos cristianos tienen valor alguno puesto que no hay ni cielo ni infierno, no hay premios para el justo ni castigos eternos que valgan.

Fiel a sus certezas, siempre prefirió ser lobo y no cordero. La vida se afirma en el triunfo de la fuerza y la inteligencia, es así, decía, el débil debe servir al fuerte. Nunca escatimó ningún ardid para lograr lo que se proponía. Estaba de acuerdo con Nietzsche, la moral del cordero era deleznable, no podía entender la caridad, la tolerancia ni la renuncia del interés propio por algo tan abstracto, en su criterio, como “el bien ajeno”. En su mundo social, se reía de sus amigos creyentes, los tomaba por hipócritas. ¡Cielo, infierno! ¡Pura bosta!
Idígoras fue siempre tenido por egoísta, aprovechador, mal bicho.

Ahora, apenas un hilito de aire lograba ingresar a sus extenuados, sedientos pulmones. Un segundo más y se acaba, pensó en un rayo decadente de última conciencia. Estaba solo entre dos bastidores. La luz mortecina del sector. Allá a un metro y medio la enfermera resolvía un crucigrama de la revista Jocker ignorando lo que sucedía. Fondo musical muy tenue, los violines del Vals de las Flores de Tchaicovski finalizando en el parlantecito de la pared.
Idígoras dejó de respirar.

Al principio no ocurrió nada en su interior. Nunca supo si ocurría algo en lo exterior.
La oscuridad más negra y el silencio más profundo se hicieron en su cerebro.
Luego sintió innumerables manos se apoderaban de él, volvió la conciencia. Una conciencia rara, muy distinta, como irreal, como onírica. Se dijo que no era posible, que debía estar soñando. Una corriente formidable lo arrastraba en espiral vertiginosa hacia abajo, velozmente, cada vez más hacia abajo.

No sentía el cuerpo, no sentía ninguna sensación corpórea, aunque comprendía que estaba siendo envuelto, cubierto de manos apresantes, calientes, húmedas, viscosas, que jalaban de él.

Luego sintió chillantes risas, histéricas, horrendas, ensordecedoras, cientos, miles de risas que le inspiraron un terror indescriptible.

Se sintió en el centro de un mundo subterráneo, con un calor insoportable, empezó a ver de nuevo. Al principio, un resplandor rojo, brillante como las  brasas, había muchísima gente, o figuras como de gente, o como fantasmas rojinegros igual que fuego en mala combustión, que giraban en torno a él emitiendo risotadas grotescas, alaridos obscenos, revoloteaban  velozmente por todas partes, había miles a su alrededor danzando en un repugnante aquelarre.

Empastado en pegajosos sentimientos de profundo terror y máximo odio quiso despertar del horrible sueño que creía vivir. ¡Cómo salgo de esto! ¡¡¡Basta!!! ¡¡¡Quiero despertar!!! Se retorcía mientras pretendía alejar las burlonas presencias que lo envolvían. Idígoras gritaba, lloraba, imploraba.

Todos los demonios, ¡oh, cosa sorprendente! tenían la misma cara: su propio rostro, aunque distorsionado por las muecas de diabólicas risas... 

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