Idígoras sabìa que agonizaba. Asfixiándose en su minuto
final con el hocico dentro de la mascarilla de oxígeno, amarrado en cables y
tubos de látex en su camilla de Terapia Intensiva, pasaban por su mente agitada
ramalazos de ideas desordenadas.
Sabía que moría.
Escéptico y pragmático, siempre
se jactó de ateo. Nada hay después de la vida. La conciencia se apaga, como una
luz, y no queda nada. No había, decía, ningún
más allá.
Ni los rezos ni novenas de
estúpidos cristianos tienen valor alguno puesto que no hay ni cielo ni
infierno, no hay premios para el justo ni castigos eternos que valgan.
Fiel a sus certezas, siempre
prefirió ser lobo y no cordero. La vida se afirma en el triunfo de la fuerza y
la inteligencia, es así, decía, el débil debe servir al fuerte. Nunca escatimó
ningún ardid para lograr lo que se proponía. Estaba de acuerdo con Nietzsche,
la moral del cordero era deleznable, no podía entender la caridad, la
tolerancia ni la renuncia del interés propio por algo tan abstracto, en su
criterio, como “el bien ajeno”. En su mundo social, se reía de sus amigos
creyentes, los tomaba por hipócritas. ¡Cielo, infierno! ¡Pura bosta!
Idígoras fue siempre tenido por
egoísta, aprovechador, mal bicho.
Ahora, apenas un hilito de aire
lograba ingresar a sus extenuados, sedientos pulmones. Un segundo más y se
acaba, pensó en un rayo decadente de última conciencia. Estaba solo entre dos
bastidores. La luz mortecina del sector. Allá a un metro y medio la enfermera
resolvía un crucigrama de la revista Jocker ignorando lo que sucedía. Fondo
musical muy tenue, los violines del Vals de las Flores de Tchaicovski
finalizando en el parlantecito de la pared.
Idígoras dejó de respirar.
Al principio no ocurrió nada en
su interior. Nunca supo si ocurría algo en lo exterior.
La oscuridad más negra y el
silencio más profundo se hicieron en su cerebro.
Luego sintió innumerables manos
se apoderaban de él, volvió la conciencia. Una conciencia rara, muy distinta,
como irreal, como onírica. Se dijo que no era posible, que debía estar soñando.
Una corriente formidable lo arrastraba en espiral vertiginosa hacia abajo,
velozmente, cada vez más hacia abajo.
No sentía el cuerpo, no sentía
ninguna sensación corpórea, aunque comprendía que estaba siendo envuelto,
cubierto de manos apresantes, calientes, húmedas, viscosas, que jalaban de él.
Luego sintió chillantes risas,
histéricas, horrendas, ensordecedoras, cientos, miles de risas que le
inspiraron un terror indescriptible.
Se sintió en el centro de un
mundo subterráneo, con un calor insoportable, empezó a ver de nuevo. Al
principio, un resplandor rojo, brillante como las brasas, había muchísima gente, o figuras como de gente, o como
fantasmas rojinegros igual que fuego en mala combustión, que giraban en torno a
él emitiendo risotadas grotescas, alaridos obscenos, revoloteaban velozmente por todas partes, había miles a
su alrededor danzando en un repugnante aquelarre.
Empastado en pegajosos
sentimientos de profundo terror y máximo odio quiso despertar del horrible
sueño que creía vivir. ¡Cómo salgo de esto! ¡¡¡Basta!!! ¡¡¡Quiero despertar!!!
Se retorcía mientras pretendía alejar las burlonas presencias que lo envolvían.
Idígoras gritaba, lloraba, imploraba.
Todos los demonios, ¡oh, cosa
sorprendente! tenían la misma cara: su propio rostro, aunque distorsionado por
las muecas de diabólicas risas...
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